
Escrito por: Will Morrison / Alcaldesa de la Bicicleta del Estado de México
En la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), los siniestros viales se han convertido en una constante cotidiana. Más allá de las cifras —cada vez más alarmantes— existe un problema estructural menos visible, pero igual de grave: la precarización de la comunicación antes, durante y después de los hechos viales. Esta falla no solo dificulta la atención oportuna, sino que amplifica el impacto humano, social y económico de los siniestros, especialmente aquellos que involucran automóviles particulares y motocicletas, los actores más vulnerables del sistema vial urbano.
Durante 2025, los registros oficiales confirmaron un aumento sostenido de siniestros viales en la metrópoli, con una presencia cada vez mayor de motociclistas entre las víctimas fatales. Este fenómeno no puede analizarse únicamente desde la imprudencia individual o el crecimiento del parque vehicular; requiere una mirada crítica a los sistemas de comunicación, coordinación institucional y gestión de la información que acompañan la movilidad urbana.
La experiencia del transporte pesado demuestra que la tecnología y la comunicación basada en datos pueden reducir siniestros y salvar vidas, una lección aún pendiente en la movilidad urbana cotidiana.
Un entorno vial saturado y mal comunicado
La ZMVM es uno de los entornos urbanos más complejos de América Latina: millones de desplazamientos diarios, múltiples autoridades con competencias fragmentadas y una infraestructura que no creció al mismo ritmo que la motorización. En este contexto, los siniestros viales no son eventos aislados, sino síntomas de un sistema que comunica mal sus riesgos.
En 2025, los siniestros que involucraron automóviles particulares y motocicletas concentraron una parte significativa de las muertes y lesiones graves. Los motociclistas, en particular, representaron casi la mitad de las personas fallecidas por hechos de tránsito en la Ciudad de México durante los primeros meses del año. Esta cifra revela no solo la vulnerabilidad física de este grupo, sino también la ausencia de mecanismos de alerta temprana, señalización dinámica y comunicación efectiva del riesgo en la vía.
La precarización de la comunicación se manifiesta de múltiples formas: información tardía sobre cierres viales, falta de coordinación entre servicios de emergencia, ausencia de datos públicos en tiempo real y mensajes institucionales poco claros o contradictorios. Todo ello contribuye a que un siniestro se transforme rápidamente en un evento de mayor gravedad.
Cuando la comunicación falla, el daño se multiplica
En un siniestro vial, los primeros minutos son determinantes. Sin embargo, en la ZMVM es común que la comunicación entre testigos, autoridades y servicios de emergencia sea fragmentada o ineficiente. Esto provoca retrasos en la atención médica, confusión sobre responsabilidades y, en muchos casos, revictimización de las personas afectadas.
La falta de información clara también impacta a quienes circulan por la zona del siniestro. Conductores y motociclistas continúan transitando sin advertencias oportunas, lo que incrementa el riesgo de colisiones secundarias. Peatones quedan expuestos en entornos inseguros, mientras la congestión generada agrava el estrés urbano y dificulta aún más la respuesta institucional.
Además, la comunicación deficiente complica los procesos posteriores: levantamiento de evidencia, trámites legales, atención de aseguradoras y acceso a la justicia. En este vacío informativo, las víctimas suelen enfrentar procesos largos, opacos y emocionalmente desgastantes.
En el contexto de los siniestros viales, la comunicación hacia los medios suele estar marcada por una lógica de espectacularización que deshumaniza a las víctimas y distorsiona las causas estructurales de los hechos. Frente a medios sin escrúpulos, la información se reduce a imágenes crudas, titulares alarmistas y narrativas que privilegian el morbo por encima del análisis, invisibilizando la responsabilidad institucional, la precariedad de la infraestructura y la ausencia de políticas de prevención. Esta forma de comunicar no solo revictimiza a quienes sufren un siniestro, sino que normaliza la violencia vial y refuerza una percepción errónea en la opinión pública, donde el “accidente” se presenta como un hecho inevitable y no como el resultado de fallas sistémicas en la gestión de la movilidad y la seguridad vial.
El contraste: transporte pesado y tecnología preventiva
Paradójicamente, mientras la comunicación vial urbana se precariza, algunos sectores del transporte han avanzado de forma significativa en materia de seguridad. Los tráileres y camiones de empresas certificadas muestran un contraste claro frente al resto del parque vehicular.
Durante los últimos años, y de forma más evidente en 2025, las flotas certificadas han incorporado sistemas avanzados de asistencia al conductor. Sensores, radares, cámaras y plataformas de telemetría permiten monitorear en tiempo real el comportamiento del vehículo y del operador. Tecnologías como el frenado automático de emergencia, la detección de punto ciego, el control de crucero adaptativo y los sistemas de alerta de colisión han demostrado reducir de manera sustancial la incidencia de siniestros, especialmente los choques por alcance.
Estos sistemas no solo actúan cuando ocurre un error humano, sino que generan datos, alertas y reportes que fortalecen la comunicación interna de las empresas y la toma de decisiones preventivas. En otras palabras, la tecnología ha permitido transformar la seguridad vial en un proceso comunicativo constante entre vehículo, conductor y centro de control.
Lecciones que la movilidad urbana aún no aprende
El éxito relativo del transporte pesado certificado deja una lección clara: la seguridad vial mejora cuando la comunicación es continua, anticipatoria y basada en datos. Sin embargo, esta lógica aún no se traslada de forma efectiva al resto de la movilidad urbana.
Los vehículos particulares y las motocicletas siguen dependiendo casi exclusivamente de la percepción individual del riesgo, con escaso apoyo tecnológico y nula integración a sistemas de comunicación vial. La infraestructura urbana tampoco dialoga con quienes la utilizan: semáforos sin información contextual, señalización estática y ausencia de sistemas de alerta en tiempo real frente a siniestros o condiciones de riesgo.
Esta brecha tecnológica y comunicativa se traduce en desigualdad vial: mientras algunos sectores reducen sus riesgos mediante sensores y protocolos, otros enfrentan la calle con información incompleta y reacciones tardías.
Hacia una comunicación vial que salve vidas
Reducir los siniestros viales en la ZMVM no depende únicamente de castigar conductas o ampliar infraestructura. Requiere una transformación profunda de los sistemas de comunicación asociados a la movilidad. Integrar plataformas de información en tiempo real, fomentar la interoperabilidad entre autoridades, servicios de emergencia y ciudadanía, y promover tecnologías de asistencia accesibles para todos los tipos de vehículos son pasos indispensables.
La experiencia del transporte pesado demuestra que la tecnología y la comunicación salvan vidas cuando se implementan de manera sistemática. Llevar este enfoque a la movilidad urbana cotidiana podría marcar la diferencia entre un siniestro y una tragedia.
En cuanto a la comunicación en medios, es relevante reconocer que esta también forma parte del siniestro y de la dignidad de las víctimas y sus familias. Saber cómo comunicar es fundamental desde la actuación de los primeros respondientes —con neutralidad y objetividad— hasta la cobertura de los medios masivos, en un ejercicio de empatía con las víctimas directas e indirectas.
Mientras las voces de las víctimas sigan sin llegar a tiempo, la ciudad continuará reaccionando tarde. La seguridad vial no es solo un asunto de velocidad o imprudencia: es, ante todo, un problema de cómo —y cuándo— se comunica el riesgo.
La falta de comunicación efectiva antes, durante y después de los siniestros viales agrava sus consecuencias humanas, institucionales y sociales, especialmente para motociclistas y usuarios vulnerables.


































