Viajar en el Tren Maya, una experiencia turística desde la planeación del transporte - Pasajero7

Viajar en el Tren Maya, una experiencia turística desde la planeación del transporte

tren maya

Escrito por: Elia Aldana Albarrán / Arquitecta especializada en Movilidad para RedPlanners

Durante la temporada navideña y de fin de año realicé un viaje familiar con el objetivo de pasar unos días en Mérida. Como parte del itinerario, quisimos visitar algunos sitios arqueológicos de la región, entre ellos Chichén Itzá. Para hacerlo, aprovechamos la oportunidad de viajar por primera vez en el Tren Maya.

La decisión de utilizar el tren no fue solo práctica. Más allá del viaje en sí, la experiencia resultaba interesante porque permitía observar cómo un proyecto ferroviario de esta escala se traduce, o no, en una cadena de viaje clara para quien lo usa. Y al tratarse de un proyecto con un par de años en operación, y considerando que estábamos en temporada alta, era razonable anticipar una demanda similar a la de cualquier periodo vacacional.

El Tren Maya ofrece una experiencia cómoda y turística, pero la falta de integración en la cadena de viaje (último kilómetro, horarios, tarifas y capacidad) condiciona la flexibilidad y el aprovechamiento del tiempo en los destinos. 

El inicio de la cadena de viaje

Llegar a la estación de Mérida Teya implicó utilizar un servicio solicitado por plataforma, con un trayecto aproximado de veinte minutos. La decisión de usar este modo, en lugar de los buses del IE-TRAM, estuvo marcada por la necesidad de garantizar la llegada a tiempo, especialmente al viajar en grupo y con un horario que no permite retrasos. En este contexto, la confiabilidad del traslado a la estación se vuelve un elemento central de la cadena de viaje, particularmente para usuarios nuevos o turistas.

Ya dentro del tren, la mayoría de las personas a bordo parecían turistas, mientras que otras aprovechaban el trayecto para trabajar. Con asientos amplios, un ambiente tranquilo, la posibilidad de comer a bordo y un paisaje destacado, el viaje fluye con rapidez; en poco más de una hora y veinte minutos, con paradas breves intermedias, llegamos a la estación de Chichén Itzá. Todo en el trayecto parece pensado para que el viaje sea parte del paseo y no solo un medio para llegar. En ese sentido, el tren funciona más como una experiencia turística que como infraestructura de movilidad cotidiana, y eso marca muchas de las decisiones que se perciben más adelante.

La llegada y el último kilómetro

La estación de Chichén Itzá sorprende por su arquitectura: es amplia, luminosa, incorpora vegetación y cuenta con múltiples espacios de espera pensados para recibir grandes volúmenes de visitantes. Es una estación que busca estar a la altura del sitio que nombra.

Al descender del tren, el personal solicita desalojar el andén con rapidez y orienta a las personas usuarias hacia un servicio complementario de autobús que conecta directamente con el sitio arqueológico. Para esta experiencia, no se observaban otras opciones inmediatas para completar el trayecto, como taxis u otros servicios locales. El último kilómetro se resuelve mediante este servicio, con un pago independiente del boleto del tren. En este punto, el costo final del traslado se va construyendo por partes, conforme avanza el día.

Sin embargo, desde este momento aparece un elemento central para la experiencia turística utilizando el Tren Maya: el tiempo. Se nos informó que el siguiente tren de regreso a Mérida saldría aproximadamente cuatro horas después, por lo que, si se deseaba utilizar el shuttle de regreso, era necesario concluir la visita alrededor de las doce del día.

El tiempo como condicionante de la experiencia

Con esta información en mente, la visita a Chichén Itzá se llevó a cabo de manera puntual. Poco calor, pocos grupos y la energía que permite haber llegado descansados después de un viaje cómodo. Admiramos la pirámide de Kukulcán, el Palacio de las Mil Columnas, los cenotes sagrados, el observatorio y el juego de pelota. Lo esencial estaba cubierto y la visita transcurrió sin contratiempos.

Aun así, conforme se acercaba la hora de regreso, la experiencia comenzó a ajustarse al reloj. No había mucho margen para alargar la estancia, recorrer el mercado de artesanías, tomar algún refrigerio con calma o simplemente quedarse un poco más. El tren organiza el día, pero también lo condiciona. La frecuencia del servicio indica cuánto tiempo se puede permanecer en el sitio, qué tan relajada es la visita y qué actividades quedan fuera. El sistema facilita el acceso, pero reduce la flexibilidad.

El tren como experiencia y como costo

De regreso en la estación y con algo de tiempo, decidimos aprovechar el día y hacer una parada adicional en Izamal, con la expectativa de repetir una experiencia similar de traslado, visita breve y regreso.

Aquí, cada viaje se paga de manera individual y por persona, tanto en el tren como en los servicios complementarios. El costo acumulado fue de 640 pesos por persona solo en trenes, a lo que se sumaron aproximadamente 170 pesos en shuttles. Para un grupo familiar, este esquema incrementa el costo del viaje y quizá se vuelve menos atractivo como opción turística frecuente para familias o grupos. No se trata de que el tren sea caro por sí mismo, sino de que cada tramo, cada conexión y cada servicio se paga por separado. La suma de decisiones tarifarias termina influyendo tanto como el precio del boleto principal.

Capacidad, operación y gestión de la demanda

Durante la visita a Izamal, el servicio de shuttle operó con mayor ocupación, incluso con algunos pasajeros viajando de pie. Aunque se trata de un trayecto corto, para un servicio turístico y considerando el costo, se espera un nivel de comodidad mayor. Esta situación sugiere una subestimación de la demanda turística en temporada alta y una oferta que no siempre logra ajustarse a los picos de afluencia.

Más que una falla puntual, se trata de un reto de planeación operativa. La capacidad disponible no siempre responde al volumen de personas que llegan desde distintos destinos y en horarios concentrados. Más que un incidente aislado, la experiencia refleja un reto común en destinos turísticos: la demanda es concentrada, predecible y estacional, aunque en algunas ocasiones la operación no está diseñada para responder adecuadamente a esos picos.

Una reflexión desde la planeación del transporte

Viajar en el Tren Maya deja una sensación clara y, en general, positiva. Sin embargo, vista desde la planeación del transporte, la experiencia se percibe más como una suma de trayectos que como una cadena de viaje completamente integrada. El acceso a la estación, el último kilómetro, los horarios, la capacidad operativa y los esquemas tarifarios influyen tanto en la experiencia como el tren mismo.

El Tren Maya permite realizar viajes cómodos y ordenados hacia destinos de alto valor cultural y natural. Para potenciar realmente la actividad turística, podrían incentivarse esquemas que ofrezcan mayor flexibilidad, como tarifas multiviaje, opciones de subidas y bajadas en un mismo día, así como una mejor integración y anticipación de los costos de los servicios complementarios. Estas facilidades ampliarían el perfil de personas que pueden utilizar el tren como una opción real de conectividad turística.

Como planificadora, esta experiencia refuerza una idea fundamental de la conectividad: un sistema ferroviario, por sí solo, resulta limitado, ya que su éxito dependerá de la facilidad con la que logre articular viajes multimodales que atiendan distintas necesidades, más allá del turismo, ofreciendo alternativas. La experiencia deja claro que la infraestructura, por sí sola, no garantiza conectividad. El verdadero valor del sistema aparece cuando el viaje completo se piensa, se opera y se gestiona como una sola experiencia.

La suma de costos por trayectos y servicios complementarios, junto con retos operativos en temporada alta, influye de manera significativa en la experiencia y en su atractivo para grupos familiares. 




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