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Las playas también son movilidad: el turismo como infraestructura peatonal

playa

Solemos hablar de playas como postales que se enmarcan en su belleza, el descanso y su capacidad de generar derrama económica. Y en el mejor de los casos como una imagen y relato, donde, el destino busca que atraiga inversión y el lugar reviva la economía local para que así la costa “vuelva a brillar”. No obstante, esta visión suele omitir un aspecto tan fundamental como determinante: la playa es, esencialmente, un espacio de movilidad.

Esto no ocurre en un vacío. El modelo turístico centrado durante décadas en el sol y playa produjo resultados contradictorios: destinos que se venden como paraísos, pero que conviven con marginación urbana, saturación de servicios y deterioro del espacio público. En otras palabras: el problema no es solo turístico, es territorial, y se expresa donde se vive el territorio: en el trayecto.

Por eso hay que decirlo sin rodeos: la playa no es solo paisaje, es también desplazamiento. Movilidad literal: kilómetros caminados y recorridos cotidianos que conectan hotel, arena, malecón, comercio y transporte. Quien visita un destino costero no consume el territorio desde un auto: lo recorre con el cuerpo. El turismo de playa es, por naturaleza, un turismo peatonal.

¿Las playas generan caminabilidad por defecto? La respuesta es negativa: se construye

En este sentido, la evidencia académica resulta fundamental para trascender el discurso y fundamentar la política pública. Das y Bhattacharya (2021) sostienen que la caminabilidad en la playa es el grado en que la convergencia entre el entorno natural y los servicios hacen que el espacio sea propicio para caminar. Más importante aún, su estudio identifica cuatro pilares

  1. Seguridad: presencia de patrullajes y sensación de protección
  2. Paisaje: limpieza, estética y conservación del entorno natural
  3. Comodidades: infraestructura cercana y proximidad a servicios (por ejemplo: alojamiento, facilidades)
  4. Tipología: características físicas del terreno (arena/roca, extensión, firmeza)

La conclusión es elegante y dura a la vez: una playa caminable no es un accidente geográfico; es una condición gestionada (Das y Bhattacharya, 2021). Y cuando esa condición no existe, lo que se rompe no es solo la experiencia turística: se rompe la movilidad peatonal como modo dominante de recorrer el litoral.

Este punto es especialmente relevante para México, donde los problemas críticos de sostenibilidad en destinos turísticos (contaminación, degradación de playas, manejo de residuos, presión sobre recursos naturales) suelen verse como asuntos ambientales separados. Pero desde la caminabilidad, se leen como lo que también son: variables que determinan si la playa funciona como espacio público transitable.

El turismo camina kilómetros y se puede medir

En México solemos hablar de movilidad como si fuera sinónimo de vehículo. Sin embargo, el turismo desmiente esa mirada: el turista se mueve principalmente en el espacio público. Y esa movilidad, además de percibirse, puede medirse.

Por ejemplo, en Benidorm, uno de los destinos costeros masivos del Mediterráneo, Ivars et al. (2016) realizaron un estudio con rastreo GPS a turistas españoles y británicos para identificar patrones de desplazamiento dentro del destino. Los hallazgos son reveladores: el 75% de los turistas estudiados recorren una distancia diaria de hasta 3.5 km en un hotel y hasta 4.2 km en otro.

Estos recorridos se realizan sin necesidad de vehículo motorizado, lo cual conecta directamente turismo y caminata (Ivars et al., 2016). Es decir, la playa no funciona como un final del trayecto, sino como nodo estructurante de una red cotidiana de recorridos.

Este tipo de evidencia pone una verdad incómoda sobre la mesa: en destinos costeros, la movilidad turística ya existe. Pero si no se gestiona, deriva en conflictos de uso del espacio, deterioro del entorno, y experiencias turísticas frágiles. Una parte de la vulnerabilidad de los destinos consolidados (saturación, presión ambiental y deterioro urbano) se explica también por una omisión sistemática: no se planifica el destino a escala peatonal.

El potencial de difusión como nuevo paradigma en la movilidad peatonal turística

En los destinos turísticos contemporáneos, la caminabilidad ya no depende únicamente de la infraestructura física o de los criterios urbanísticos clásicos. Caminar es también una experiencia, un relato y una percepción; en definitiva, se recorre aquello que el lugar invita a explorar.

Leung et al. (2025) analizaron la caminabilidad turística en pueblos tradicionales de China, e identificaron que variables físicas como limpieza, condiciones del camino, sombra y ancho del sendero influyen en la disposición a caminar. Sin embargo, en la era digital, hay un factor decisivo, la shareability, o capacidad de un lugar de producir una experiencia “compartible” en redes sociales.

El estudio sitúa dimensiones como el “valor para las redes sociales” entre las variables más relevantes para explicar el comportamiento del peatón. A partir de cierto umbral, se observa una relación: a mayor potencial de ser compartido en redes sociales, mayor es la facilidad percibida para caminar. En términos simples: el turista camina por donde el espacio no solo es accesible, sino también deseable y visualmente valioso.

Esto ofrece una lectura relevante para México ya que hoy la reputación turística no se define únicamente por el hotel o el paquete turístico. Se define por el recorrido. Y el recorrido ocurre caminando. Si el destino es hostil para caminar, pierde valor simbólico y económico, aunque mantenga estadísticas turísticas en el corto plazo.

Gobernar la playa como infraestructura peatonal

Si aceptamos que las playas son infraestructura peatonal, entonces hay que tratarlas como se trata la movilidad: con condiciones mínimas, operación diaria y métricas. La evidencia no deja mucho margen a la improvisación. Das y Bhattacharya (2021) muestran que una playa caminable no depende solo de “tener mar”, sino de la articulación entre entorno natural y servicios, y se sostiene en cuatro pilares: seguridad, paisaje, comodidades y tipología.

A esos criterios hoy se suma un componente contemporáneo: en la era digital, caminar también es narrativa. El turista recorre aquello que el espacio le permite, pero también aquello que el espacio le inspira y le da valor para ser compartido. En otras palabras, la caminabilidad ya no se define únicamente por infraestructura física: también se define por la capacidad de un lugar de producir una experiencia “compartible” en redes sociales (Leung et al. 2025).

Por ello, gobernar la playa como infraestructura peatonal implica diseñar y operar el destino bajo un marco simple pero contundente: que sea caminable, segura y deseable. Esto se traduce en acciones concretas:

  • Seguridad visible y no punitiva (seguridad como condición de caminabilidad). Una playa caminable requiere presencia institucional cotidiana: patrullaje, protocolos claros y una sensación real de protección, especialmente para mujeres, niñas y personas mayores. Sin seguridad, el peatón no permanece; se repliega. Y sin peatón, el destino pierde vida pública.
  • Paisaje cuidado: limpieza, estética y conservación como movilidad. En playas, el paisaje no es adorno: es una condición de uso. La limpieza cotidiana, la gestión de residuos, la conservación del entorno y el control de degradación son parte estructural del pilar “paisaje”. Sin paisaje cuidado no hay caminabilidad; sin caminabilidad la experiencia turística se fragmenta.
  • Comodidades de recorrido: infraestructura de apoyo para caminar y permanecer. Caminar requiere continuidad y servicios. El destino debe incorporar comodidades como señalización, iluminación, sombra, puntos de descanso, accesibilidad universal y conectividad clara entre playa, malecón y tejido urbano. La caminabilidad no se decreta; se habilita.
  • Tipología y condiciones físicas: tratar la arena como parte del sistema peatonal. El terreno importa. La tipología de playa (arena/roca, firmeza y extensión) determina si caminar es viable, cómodo y seguro. Por eso la gestión no puede quedarse en el “borde”: debe intervenir la playa misma, sus accesos, su continuidad y el ordenamiento físico del espacio.
  • Compartible: caminar también es reputación. Finalmente, el destino debe entender que la caminabilidad se volvió parte de su identidad pública. La experiencia peatonal se transforma en relato, fotografía y recomendación. Si el recorrido es hostil, el destino pierde reputación; si es agradable, se multiplica su valor simbólico y económico. La playa caminable no es solo movilidad: es marca territorial.

Gobernar la playa como infraestructura peatonal permite atacar, desde una lógica muy concreta, varias de las fallas históricas del modelo turístico: saturación, deterioro del espacio público, presión ambiental y pérdida de calidad de vida. Y al mismo tiempo, recupera lo esencial: que el turismo de playa, que siempre fue peatonal, por fin sea gestionado como tal.

Referencias

Das, S., & Bhattacharya, S. (2021). Factors affecting beach walkability- Tourists’ perception study at selected beaches of West Bengal, India. Journal of Outdoor Recreation and Tourism, 35. https://doi.org/10.1016/j.jort.2021.100423

Ivars, J., Celdrán, M., Treviño, A., & Vera-Rebollo, J. (2016). Tourist mobility at coastal mass destinations: implications for sustainability. Sustainable Tourism, 201, 127-137. doi:10.2495/ST160111

Leung, T., Miao, S., Lin, M., Hou, H., & Sun, M. (2025). Tourist Walkability in Traditional Villages: The Role of Built Environment, Shareability, and Personal Attributes. Sustainability, 17(12). https://doi.org/10.3390/su17125311




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