La conversación sobre destinos turísticos inteligentes suele iniciar por el lado más visible: aplicaciones, tableros de datos, sensores, pagos digitales, promoción segmentada, inteligencia artificial y mapas interactivos. Es comprensible: esas herramientas comunican modernidad y permiten mostrar avances rápidos. Sin embargo, ahí aparece una crítica necesaria. Un destino no se vuelve inteligente por digitalizar su escaparate, sino por resolver mejor sus problemas estructurales. Y pocos problemas son tan estructurales para el turismo como la movilidad. La verdadera oportunidad de los destinos turísticos inteligentes está en reconocer al transporte público como una pieza central de competitividad, sostenibilidad e inclusión.
El transporte público debe dejar de ser un servicio complementario para convertirse en el eje de los destinos turísticos inteligentes, ya que la experiencia del visitante comienza desde sus desplazamientos.
Durante años, el transporte público ha sido tratado como un servicio de soporte, casi ajeno a la estrategia turística. Se habla de conectividad aérea, inversión hotelera, nuevos atractivos, promoción internacional o experiencias memorables, pero se deja en segundo plano la pregunta básica: ¿cómo se mueve una persona dentro del destino? Esa omisión tiene consecuencias. Un visitante puede comprar su viaje en línea, pagar una experiencia desde el celular y consultar recomendaciones personalizadas; pero si al llegar depende de traslados caros, rutas confusas, automóviles rentados o servicios informales, la inteligencia del destino se rompe en el primer desplazamiento.
La crítica no es contra la tecnología, sino contra su uso superficial. Digitalizar información turística sin integrar movilidad es producir comodidad parcial. Una aplicación que muestra atractivos, pero no conecta con horarios, rutas, tarifas, accesibilidad y transbordos, informa pero no resuelve. Un código QR en una parada sin frecuencia confiable es más decoración que innovación. La movilidad inteligente no se mide por la cantidad de dispositivos instalados, sino por la reducción efectiva de incertidumbre para visitantes y residentes.
Ahí está la oportunidad: convertir el transporte público en el componente articulador del destino turístico inteligente. Esto implica entender que la experiencia turística empieza antes del atractivo. Empieza en el aeropuerto, en la central de autobuses, en el puerto, en la estación, en el hotel, en la banqueta, en la espera, en la señalética, en el pago y en el transbordo. Si esos momentos son inseguros, lentos, caros o incomprensibles, el destino pierde calidad. Si son claros, integrados y confiables, el destino gana competitividad sin necesidad de inventar nuevos atractivos.
La literatura reciente muestra que la movilidad y el turismo inteligentes han evolucionado de una mirada centrada en la tecnología hacia soluciones sostenibles que atienden dimensiones económicas, sociales y ambientales, particularmente cuando se reconoce al transporte público como componente estratégico para la competitividad, la accesibilidad y la gestión ambiental de los destinos turísticos (Hussain et al., 2023; Ribeiro et al., 2021; Samková & Navrátil, 2023). Esto es clave: un destino inteligente no debería presumir únicamente cuántos visitantes recibe, sino cómo llegan, cómo se distribuyen, cuánto tiempo pierden, qué emisiones generan, qué tan accesible es el sistema y qué beneficios deja para la población local. Sin indicadores de movilidad, la gestión turística opera a ciegas.
La oportunidad del transporte público también es territorial. Muchos destinos concentran su actividad en zonas saturadas porque los visitantes no tienen alternativas claras para desplazarse hacia otros puntos. El resultado es una sobrecarga de centros históricos, malecones, playas principales o corredores comerciales, mientras otros atractivos quedan desconectados. Un sistema de transporte público bien diseñado puede redistribuir flujos, ampliar la estancia, conectar periferias con valor cultural o natural y generar beneficios económicos más equilibrados. En términos turísticos, mover mejor es distribuir mejor.
También es una oportunidad ambiental. El turismo tiene una relación directa con emisiones, congestión, ruido, ocupación del espacio público y presión sobre estacionamientos. Cuando la única opción funcional es el automóvil, el destino paga costos que no siempre aparecen en la contabilidad turística: más tráfico, peor calidad del aire, más conflictos por el uso del suelo y menor disfrute del espacio público. El transporte público no elimina por sí solo esos impactos, pero ofrece una alternativa de escala. Permite mover más personas con menor ocupación vial y, si se combina con caminabilidad, bicicleta pública, servicios alimentadores y gestión de estacionamiento, puede modificar patrones de viaje.
La evidencia comparada muestra que los actores vinculados con la gestión turística reconocen al transporte público como un elemento importante para el desarrollo de los destinos y como una opción ambientalmente favorable. Samková y Navrátil (2023), a partir de una comparación entre destinos de la República Checa, Alemania, Austria, Italia, Países Bajos y México, identifican que el transporte público es percibido por los actores turísticos como un componente relevante para el desarrollo local y como una alternativa con menor impacto ambiental. En el caso de México, los autores señalan una tensión reveladora: aunque el nivel del transporte público aparece peor valorado frente a otros países, los expertos reconocen con fuerza su influencia en el desarrollo turístico y su beneficio para la población local. Esa contradicción no debe leerse como fracaso inevitable, sino como oportunidad de política pública. Donde más rezago existe, mayor puede ser el impacto de una intervención bien diseñada.
La digitalización, por sí sola, no hace inteligente a un destino. La tecnología solo genera valor cuando se integra con un sistema de movilidad eficiente, accesible, confiable e interconectado que resuelva los problemas reales de desplazamiento.
El transporte público también es una oportunidad social. Un destino dependiente del automóvil excluye a quienes no pueden pagar taxi, plataforma, renta de auto o estacionamiento. Excluye a trabajadores turísticos que deben desplazarse en horarios extendidos. Excluye a adultos mayores, jóvenes, personas con discapacidad y visitantes que prefieren no conducir. Desde la perspectiva de la movilidad y el turismo inteligente, Hussain et al. (2023) subrayan que la sostenibilidad social implica calidad de vida, igualdad de oportunidades y beneficios tanto para residentes como para visitantes. En esa misma línea, Ribeiro et al. (2021) sostienen que la movilidad inteligente debe formar parte de ciudades y territorios sostenibles, resilientes e inclusivos. Por ello, la inteligencia turística no puede limitarse a personalizar la experiencia de quien tiene conectividad, tarjeta bancaria y dominio digital; debe ampliar el acceso real al destino. En este sentido, el transporte público no solo mueve turistas: democratiza el disfrute del territorio.
La digitalización debe apoyar esa democratización, no sustituirla. Investigaciones recientes sobre preferencias de viajeros en procesos de transformación digital muestran que no todas las personas quieren relacionarse con el sistema de la misma manera. Hay usuarios que prefieren servicios móviles completamente digitalizados, otros optan por soluciones automatizadas y otros siguen requiriendo atención manual o asistencia presencial. Esta segmentación es fundamental para el turismo: si un destino apuesta todo a una aplicación, puede excluir a quienes no tienen habilidades digitales, datos móviles, idioma, confianza o capacidad física para operar el sistema sin apoyo.
Por eso, una política inteligente de transporte turístico debe ser multicanal. Debe ofrecer información en tiempo real, sí, pero también señalética legible. Debe permitir pago digital, pero también alternativas accesibles. Debe impulsar aplicaciones, pero conservar atención presencial en nodos estratégicos. Debe usar datos, pero proteger la privacidad. Debe automatizar procesos, pero no abandonar a quienes necesitan orientación humana. Lo inteligente no es reemplazar personas por interfaces, sino reducir barreras para distintos perfiles de usuario.
La oportunidad institucional es quizá la más importante. Integrar transporte público y turismo exige coordinación entre áreas que normalmente trabajan por separado: transporte, turismo, desarrollo urbano, seguridad, medio ambiente, obras públicas, operadores, concesionarios, hotelería, comercio y comunidades. Sin esa coordinación, cada actor resuelve su parte y el visitante enfrenta el costo de la fragmentación. Un destino turístico inteligente requiere gobernanza de movilidad: rutas priorizadas, estándares de información, integración tarifaria, datos abiertos, accesibilidad universal, regulación de servicios complementarios y evaluación permanente.
El transporte público también permite gestionar mejores eventos, temporadas altas y presión sobre zonas sensibles. En playas, por ejemplo, puede conectar accesos públicos, hoteles, terminales y zonas de servicios sin multiplicar autos sobre la franja costera. En centros históricos, puede reducir la entrada de vehículos privados y ordenar ascensos y descensos. En destinos rurales, puede combinar rutas regulares con servicios bajo demanda o soluciones comunitarias. En corredores metropolitanos, puede articular transporte masivo con movilidad de última milla. La solución no es única; la oportunidad está en adaptar el sistema al territorio.
Un transporte público bien diseñado fortalece la competitividad, la sostenibilidad y la inclusión, al redistribuir los flujos turísticos, reducir emisiones y congestión, ampliar el acceso al territorio y democratizar la movilidad tanto para visitantes como para residentes.
Desde la perspectiva de ciudad inteligente, la movilidad debe entenderse como parte de una infraestructura física y digital más amplia, orientada a la eficiencia, sostenibilidad, resiliencia e inclusión. La tecnología puede mejorar la operación, pero requiere infraestructura, mantenimiento, financiamiento y liderazgo público. Un destino no necesita parecer futurista; necesita funcionar mejor.
La conclusión es clara: el transporte público es una de las grandes oportunidades pendientes de los destinos turísticos inteligentes. No es un accesorio ni un tema técnico menor. Es la pieza que puede conectar datos con decisiones, promoción con experiencia, sostenibilidad con operación e inclusión con competitividad. La crítica central es que muchos destinos han querido ser inteligentes hacia afuera, en su imagen, antes de serlo hacia adentro, en su funcionamiento. La oportunidad es invertir esa lógica. Un destino verdaderamente inteligente no es el que más pantallas instala, sino el que permite moverse mejor, con menor impacto, menor incertidumbre y mayor acceso para todas las personas.
La construcción de destinos turísticos inteligentes requiere una gobernanza integral de la movilidad, basada en la coordinación entre autoridades, operadores y sector turístico, con políticas que integren información, accesibilidad, infraestructura, tecnología y evaluación permanente.
Referencias
Hussain, S., Ahonen, V., Karasu, T., & Leviakangas, P. (2023). Sustainability of smart rural mobility and tourism: A key performance indicators-based approach. Technology in Society, 74, 102287. https://doi.org/10.1016/j.techsoc.2023.102287
Ribeiro, P., Dias, G., & Pereira, P. (2021). Transport systems and mobility for smart cities. Applied System Innovation, 4(3), 61.
https://doi.org/10.3390/asi4030061
Samková, L., & Navrátil, J. (2023). Significance of the public transport for tourism development in destinations. DETUROPE –
The Central European Journal of Regional Development and Tourism, 15(1), 158–189.
Su, X., Chau, K. Y., Leung, J. W. K., & Tang, Y. M. (2025). Traveler preferences in the digital transformation toward smart tourism transportation. Journal of Advanced Transportation, 2025, Article 9197514. https://doi.org/10.1155/atr/9197514
































