¿Alguien pensó el sistema? Sí, y también lo dudamos - Pasajero7

¿Alguien pensó el sistema? Sí, y también lo dudamos

OPINION JEAMILETH

ESCRITO POR: Jeamileth Henríquez / Especialista en transporte y modelos en Red Planners

“¿Y estos autobuses los pusieron aquí con base en un estudio o solo fue una ocurrencia de alguien?”

Esa fue la pregunta que me hizo un taxista en mi última visita a Mérida y debo decir que realmente me tomó por sorpresa. Creo que hasta me rompió el corazón. Aunque debo admitir que no ha sido la única vez que alguien ha cuestionado duramente las decisiones sobre tráfico y movilidad cuando les platico cuál es mi trabajo como planificadora de movilidad urbana y transporte.

La mayoría de las veces, la respuesta corta es que sí hubo un estudio previo o que incluso existen varios estudios realizados en diferentes años o administraciones de gobierno. Los proyectos serios de movilidad urbana se estudian con datos levantados en campo y, cada vez más, con big data. Con esta información desarrollamos complejos modelos de transporte que buscan explicar cómo se mueven las personas y los vehículos antes de tomar decisiones. Nadie pone a operar un BRT solo porque a alguien se le ocurrió esa mañana.

Pero esa respuesta se queda corta. Porque un estudio, con datos de campo o big data, no es una verdad absoluta, es un insumo. Y ese insumo adquiere valor según el criterio con el que se interpreta antes de convertirse en una decisión. Ahí es donde entramos los técnicos y ahí es donde, creo, está la parte de la historia que rara vez se conoce.

No pretendo explicar aquí todo el proceso que conlleva la ejecución de un proyecto de movilidad porque tiene demasiadas variables según su tipo. Pero quienes nos dedicamos a esto sabemos que rara vez son decisiones puramente arbitrarias, aunque tampoco son exclusivamente técnicas. Detrás intervienen prioridades políticas, restricciones presupuestales, tiempos de implementación y visiones de ciudad que cambian con cada administración. Precisamente por eso el trabajo técnico necesita ser sólido, porque es la base sobre la cual se construyen todas esas decisiones, aun cuando el resultado no dependa únicamente de quienes elaboramos los estudios.

Así es como empezamos. La ciudad que terminamos construyendo empieza a definirse mucho antes de que aparezcan los planes. Empieza cuando decidimos qué información necesitamos para comprenderla y, sobre todo, cuando decidimos si esa información merece nuestra confianza.

Empezamos por responder preguntas aparentemente sencillas: ¿qué información necesitamos?, ¿cómo vamos a obtenerla?, ¿qué nivel de detalle requiere este proyecto?, ¿qué preguntas queremos responder y cuáles no podremos responder con la información disponible? Todo esto tiene que resolverse mucho antes de construir un modelo de transporte, antes de dibujar una ruta o estimar la demanda futura de un sistema.

En un mundo donde cada vez disponemos de más información, podría parecer que responder esas preguntas es más sencillo. Mi experiencia me ha enseñado que el reto ahora es diferente. Quizá la pregunta ha dejado de ser “¿tendremos información?” para convertirse en “¿esa información nos será realmente útil y podemos confiar en ella?”. Hoy, con el big data, tenemos cada vez más fuentes de datos. Pero más datos no significan automáticamente mejores decisiones. Significan más responsabilidad para quien tiene que interpretarlos.

En la era del big data y la inteligencia artificial, el mayor desafío ya no es obtener información, sino validar su calidad y utilizarla para diseñar proyectos que realmente mejoren la vida de las personas. 

También he visto levantamientos de campo hechos con mucho esfuerzo que terminan siendo insuficientes, simplemente porque no fueron diseñados para responder lo que el proyecto realmente necesitaba contestar. He visto también bases de datos enormes que, en apariencia, lo explican todo y que, sin embargo, esconden inconsistencias que solo aparecen cuando alguien se toma el tiempo de cuestionarlas. El problema rara vez es la cantidad de información. El verdadero desafío es preguntarnos si esa información representa adecuadamente la realidad que tratamos de entender, y esa pregunta no la responde el dato por sí solo. La respondemos nosotros con nuestra experiencia y observación.

Y ahí no termina el reto. Como ingenieros e ingenieras hablamos todo el tiempo de calibrar y validar modelos. Existen metodologías e indicadores que nos ayudan a evaluar si un modelo reproduce razonablemente el comportamiento observado, y son indispensables. Pero hay algo que ningún manual enseña: el criterio técnico. Ese que nos hace decir: “Sí está calibrado, pero la realidad no se comporta así”. Ese juicio no sale del software ni de una fórmula; tampoco del volumen de datos que tengamos disponibles. Se construye con años de trabajo, análisis e interpretación de datos; de observar ciudades, contrastar resultados, equivocarnos y volver a empezar. Ese criterio es, en buena medida, nuestra responsabilidad como técnicos. Somos quienes decidimos qué dato pasa el filtro y cuál no, qué levantamiento merece confianza y cuál necesita revisarse otra vez.

Quizá por eso me preocupa cuando la conversación sobre movilidad se reduce a tener más datos o incorporar nuevas tecnologías. No porque no sean valiosas, sino porque un dato no deja de necesitar revisión solo por venir de un sensor GPS o de un modelo de inteligencia artificial. Con la llegada de los modelos, los gemelos digitales y el big data, existe el riesgo de pensar que el dato ya viene validado de fábrica y de restarle valor, justamente, al criterio que construimos como técnicos año tras año, caminando y observando las ciudades que estudiamos.

Es nuestra responsabilidad saber qué datos necesitamos, para qué nos van a servir y también hasta dónde podemos confiar en ellos. No trabajamos para tener el mejor estudio guardado en un cajón, ni para acumular la base de datos más grande. Trabajamos para transformar la vida de las personas que habitan la ciudad que estamos estudiando, y esa transformación empieza mucho antes de la puesta en marcha de un nuevo servicio.

Entonces, quizá cuando me vuelvan a preguntar si la nueva ruta o el nuevo BRT que llegó a la ciudad fue producto de una ocurrencia o de un estudio serio, responderé que la pregunta verdaderamente importante, como planificadores del transporte, es si el estudio que elaboramos contó con todos los datos e insumos necesarios antes de convertirse en una realidad que cambió la vida de miles o millones de personas.

El valor de un estudio de movilidad no depende de la cantidad de datos que recopila, sino del criterio técnico con el que esos datos se interpretan para convertirlos en decisiones. 




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