Escrito por: Dr. Miguel Ángel Franco / Integrante del COMUJ / x.com/mifrancov
El debate sobre la movilidad urbana sostenible suele centrarse en peatones y transporte público, pero una mirada más fina revela que los procesos de transformación también dependen de factores políticos, institucionales, educativos y culturales. Pontevedra, más allá de las restricciones al automóvil, implementó una estrategia de gobernanza innovadora: coordinación interinstitucional, financiamiento estable y un modelo de comunicación que logró transformar la percepción ciudadana. En las ciudades del Bajío-Occidente (Qro., Gdl., Ags.), donde la presión del crecimiento urbano es más intensa que en España, estas dimensiones resultan cruciales para abrir paso a un cambio real.
Un rasgo clave del caso español fue la continuidad en la política urbana. Durante más de dos décadas, las administraciones locales mantuvieron el mismo rumbo, evitando que cada cambio de gobierno implicara una ruptura en las estrategias de movilidad. Esa estabilidad permitió consolidar proyectos a largo plazo, desde la reestructuración de calles hasta el cuidado sistemático del arbolado.
En las ciudades del Bajío-Occidente, la situación es diferente. La alternancia política frecuente ha fragmentado proyectos: lo que un gobierno inicia, el siguiente lo abandona. Calles donde se construyen banquetas o ciclovías quedan inconclusas cuando cambian las autoridades. Si se quiere avanzar hacia un modelo similar al de Pontevedra, es indispensable institucionalizar los planes y blindarlos jurídicamente, de manera que trasciendan periodos trienales o sexenales.
Otro aspecto singular en España fue la estrategia de comunicación pública. No se trató solo de obras físicas, sino de una narrativa que explicó a los ciudadanos por qué se hacían los cambios, cómo mejorarían la vida cotidiana y qué beneficios económicos y sociales traería caminar más y conducir menos. Esta pedagogía urbana resultó fundamental para desactivar resistencias y generar apoyo vecinal.
En ciudades del Bajío-Occidente, donde existe un fuerte apego cultural al automóvil como símbolo de estatus, será necesario desplegar campañas de comunicación igualmente sólidas. Explicar que los árboles en banquetas no son un gasto superfluo, sino una inversión en salud pública; que reducir carriles no es un castigo, sino una medida de seguridad; que la movilidad sustentable no implica atraso, sino competitividad.
Pontevedra apostó por la reapropiación cultural del espacio público. Conciertos, ferias gastronómicas, festivales de lectura y actividades deportivas comenzaron a ocupar plazas y calles liberadas del tráfico. Así, la peatonalización se vinculó no solo a la movilidad, sino a la vida comunitaria.
El Bajío-Occidente tiene una ventaja comparativa: sus ciudades poseen una tradición cultural vibrante, desde la gastronomía popular hasta las festividades religiosas. Si se busca replicar la lógica pontevedresa, la clave no será únicamente plantar árboles o ampliar aceras, sino llenar de vida los espacios recuperados. Un corredor con sombra puede ser útil, pero si además se convierte en escenario de ferias artesanales o en ruta cultural, su legitimidad se multiplica.
Hasta ahora, la paradiplomacia suele entenderse como intercambio técnico entre gobiernos locales. Sin embargo, Pontevedra también demuestra que el alcance puede ser más amplio: vincular la movilidad urbana con la agenda global de cambio climático. Las reducciones en emisiones derivadas de menor tráfico no solo benefician a la ciudad, sino que fortalecen compromisos internacionales.
Para el Bajío-Occidente, que concentra industrias automotrices y manufactureras altamente emisoras, este enfoque es crucial. La paradiplomacia con Galicia y España podría orientarse a construir planes conjuntos de reducción de huella de carbono, integrando medidas de movilidad sustentable con proyectos de reforestación urbana y eficiencia energética. Así, la cooperación no se limitaría a las calles, sino que abarcaría la política climática integral.
Un punto menos explorado en el debate público es la tecnología aplicada al mantenimiento del arbolado. Pontevedra ha incorporado sistemas de sensores para monitorear humedad, crecimiento y salud de los árboles. Esto permite planificar podas, prevenir plagas y optimizar el riego.
Pontevedra logró transformar su movilidad urbana gracias a una gobernanza sostenida en el tiempo, una narrativa pública pedagógica y una integración estratégica de cultura, educación, tecnología y espacio público.
En el Bajío-Occidente, donde la escasez de agua es un problema recurrente, aplicar estas tecnologías sería fundamental. La paradiplomacia podría abrir la puerta a proyectos piloto con sensores, sistemas de riego inteligente y aplicaciones ciudadanas para reportar necesidades de mantenimiento. De esta forma, los corredores verdes no solo se plantarían, sino que se garantizaría su supervivencia en el largo plazo.
Otro elemento distintivo de Pontevedra fue su apuesta educativa. Escuelas y universidades incorporaron la movilidad activa en sus programas, vinculando aprendizaje ambiental con hábitos cotidianos. Niños y jóvenes crecieron comprendiendo que caminar no es un sacrificio, sino un derecho.
En el Bajío-Occidente, el reto educativo es mayor. Las ciudades han sido diseñadas durante décadas en función del automóvil. La cooperación con Pontevedra podría incluir programas conjuntos de formación para estudiantes, talleres en escuelas sobre arborización comunitaria y campañas intergeneracionales para recuperar la caminata como práctica social.
Finalmente, mientras Pontevedra es un caso de ciudad individual, el Bajío-Occidente requiere un enfoque regional. Sus urbes están estrechamente conectadas por corredores económicos y de transporte: la autopista Querétaro–León–Aguascalientes y el eje Guadalajara–Aguascalientes. Pensar en movilidad sustentable no puede limitarse a cada municipio de manera aislada. La paradiplomacia interna entre ciudades mexicanas, sumada a la cooperación con Galicia y España, debería conducir a una agenda regional compartida, que articule políticas de arborización, transporte metropolitano y espacios peatonales interconectados.
Mientras los primeros aprendizajes de Pontevedra son la prioridad al peatón y el entorno verde, el segundo gran legado es la manera en que logró articular gobernanza, cultura, tecnología y educación alrededor de esa apuesta. El Bajío-Occidente tiene en sus manos la posibilidad de dar un salto cualitativo, no repitiendo las mismas fórmulas fragmentadas, sino generando un modelo regional sustentado en continuidad política, pedagogía social, innovación tecnológica y cooperación internacional.
La paradiplomacia ofrece el puente: Pontevedra ya recorrió este camino con éxito; las ciudades del Bajío-Occidente pueden recorrerlo con sus propios recursos, pero aprendiendo de quienes demostraron que otra forma de habitar las ciudades es posible.




































