
Escrito por: K. Daniela Xiqui F. / Egresada del Doctorado en Ciencias Sociales de la UdeG
Ser motociclista suele asociarse con la libertad, la velocidad, la rebeldía o incluso con la diversión. Pero ¿qué ocurre cuando este vehículo se convierte en una necesidad cotidiana para trasladarse al trabajo o desempeñar el oficio de repartidor?
En nuestras calles, todos los modos de transporte comparten el espacio: autobuses, vehículos de carga, automóviles, camionetas, motocicletas, scooter, bicicletas y, por supuesto, los peatones. Sin embargo, entre todos, hay un grupo especialmente vulnerable: los motociclistas.
Las vialidades se han convertido en una jungla, donde parece prevalecer la ley del vehículo más grande. En este entorno, la motocicleta ha emergido como el vehículo más accesible: su bajo costo, facilidad de pago y disponibilidad, la han convertido en la primera opción para muchos trabajadores. Pero trasladarse diariamente en una motocicleta implica no solo el riesgo de sufrir un accidente, sino también el de causarlo.
La percepción común los señala como imprudentes, y no sin razón. La falta de educación vial, desconocimiento del reglamento de tránsito, y el uso de equipamiento inadecuado —como cascos sin certificación o la ausencia de botas de protección— los convierte en presas fáciles de las estadísticas.
Además, enfrentan el desprecio tácito de automovilistas y camioneros que les cierran el paso, los rebasan a alta velocidad y los hostigan con el claxon. Se olvida que detrás del manillar hay una persona que va a trabajar, a una cita médica, al mercado, o que simplemente tiene una vida que continuar. Se olvida que alguien le espera en casa.
La motocicleta ya no es solo un símbolo de libertad: es una herramienta de trabajo, un medio de transporte accesible y, para muchos, la única opción.
Primeros pasos… tardíos
La alcaldesa de Mérida, Cecilia Patrón, ha lanzado el programa “Chambea Seguro”, que entrega cascos certificados (DOT) a motociclistas que usan su vehículo como herramienta de trabajo. El proceso parece sencillo: ser mayor de 18 años, residir en Mérida (incluyendo comisarías y subcomisarías), contar con licencia vigente y tarjeta de circulación, entre otros requisitos.
Este programa es una respuesta directa al aumento de accidentes. Aunque valioso, el simple reparto de cascos es insuficiente. Dotar de equipo de protección a los motociclistas sin atacar de raíz el problema —como la imprudencia de automovilistas o la falta de educación vial— es apenas un paliativo.
No se trata de cuestionar el uso del casco certificado, sino de denunciar el enfoque: “Te doy un casco por si un auto te atropella… ojalá sobrevivas.” Una verdadera solución implicaría, además del casco:

De lo contrario, el escenario seguirá repitiéndose: el automovilista con prisa embiste al motociclista, que sobrevive gracias al casco… pero queda con lesiones permanentes, discapacidades o, en el peor de los casos, no sobrevive. El agresor, en muchos casos, queda impune.
Reconocer el papel de las motocicletas en la movilidad de las ciudades, proteger a quienes la usan y rediseñar la movilidad con un enfoque inclusivo y humano no es un lujo: es una necesidad urgente.
Los números no mienten

¿Qué complica la convivencia vial?
Cuando un motociclista se integra a la movilidad urbana sin conocimientos básicos de seguridad vial, muchas veces termina “educado” por la hostilidad de los automovilistas: les cierran el paso, los empujan a los acotamientos, los obligan a circular en zonas indebidas.
Estos comportamientos, lejos de ser excepciones, se repiten a diario. Observamos motociclistas circulando por ciclovías, adelantando por la derecha, sin equipo adecuado o a exceso de velocidad. Pero no todo es responsabilidad del motociclista.
Las calles en México no están diseñadas para una movilidad verdaderamente integrada. Mientras en algunas ciudades se han implementado medidas para proteger a los ciclistas, los motociclistas siguen marginados. Vías rápidas, falta de señalización, y autoridades incapaces de hacer cumplir el reglamento agravan el problema.
Las principales causas de accidentes en Yucatán siguen siendo: exceso de velocidad, falta de respeto al reglamento, y la impunidad con la que muchos conductores actúan.




































