ESCRITO POR: Dr. Miguel Ángel Franco / Integrante del COMUJ/ x.com/mifrancov
Caminar constituye el modo más antiguo, democrático y humano de desplazamiento. Lejos de ser simples elementos de transición o franjas de concreto residuales, las banquetas amplias, bellas, verdes y sombreadas representan auténticas plataformas de convivencia y refugios climáticos naturales; no son lujos arquitectónicos, sino derechos ciudadanos fundamentales. La Comunidad Autónoma de Cataluña, ha demostrado a través de programas de vanguardia que la recuperación del espacio público para los peatones mejora sustancialmente la salud colectiva, fortalece el tejido social y restaura la dignidad urbana. Este modelo prescinde por completo de los justificativos económicos neoliberales de corte estadounidense, priorizando en su lugar una visión profundamente humanista y social del entorno edificado.
Las banquetas y el espacio público deben concebirse como infraestructura social y de salud, no solo como áreas de circulación, ya que favorecen la convivencia, la accesibilidad, la resiliencia climática y una mejor calidad de vida.
La paradiplomacia —entendida como la acción exterior y las relaciones internacionales conducidas por gobiernos subnacionales y locales— emerge aquí como un instrumento estratégico insustituible. A través de la cooperación descentralizada y multinivel, Cataluña despliega una proyección internacional que, si bien se alinea de forma general con el gobierno español, aprovecha sus competencias autonómicas para interactuar directamente con administraciones de otras latitudes. Este ejercicio paradiplomático abre canales horizontales de comunicación y transferencia tecnológica donde las urbes aprenden mutuamente de sus aciertos y errores sin subordinarse a las agendas rígidas, burocráticas y centralistas de las cancillerías tradicionales. Para las urbes de la Región GDL-Altos-AGS, consolidar lazos bilaterales con el ecosistema de planificación catalán no implica imitar de forma acrítica recetas arquitectónicas extranjeras, sino asimilar una filosofía política que devuelve la soberanía del suelo a las comunidades.
Las supermanzanas catalanas operan mediante la reorganización del tráfico vehicular, limitando y pacificando la circulación en las calles interiores de los bloques urbanos tradicionales. El tránsito pesado y de paso se concentra exclusivamente en los perímetros externos, liberando los espacios internos para usos estrictamente sociales: el juego infantil, el descanso, el comercio local y/o de lujo, la conversación vecinal, el ejercicio leve y la contemplación vegetal. Un ejemplo contundente de esta política se observa en el distrito de Les Corts, donde la intervención eliminó por completo los vehículos aparcados para instalar nuevos parterres con árboles y vegetación, mejorar las redes de alcantarillado y sustituir las luminarias obsoletas por farolas de alta eficiencia. Con un costo de dos millones de euros, esta obra demostró empíricamente que las transformaciones urbanas profundas no requieren de presupuestos exorbitantes cuando la planeación prioriza las necesidades humanas elementales por encima de la comodidad automotriz.
Para asegurar la accesibilidad universal, el diseño de las supermanzanas incorpora criterios de urbanismo táctico como chaflanes celestes, dunas disuasivas de velocidad, pavimentos diferenciados y señalización clara. Barcelona ha sentado precedentes en este rubro utilizando vallas, bloques de hormigón, pintura amarilla sobre la calzada, bancos de piedra y bolardos plásticos para priorizar trayectorias y proteger la vida de los usuarios vulnerables.
En ese mismo sentido, el arbolado urbano cumple funciones vitales que trascienden lo ornamental para consolidarse como una infraestructura crítica de salud pública. Durante la época de estío, las banquetas que carecen de sombra vegetal pueden alcanzar hasta 70°C en su superficie, irradiando calor de forma directa al cuerpo humano y exacerbando el fenómeno de la isla de calor urbana. Los árboles actúan como reguladores térmicos eficientes, filtran los contaminantes atmosféricos, absorben el agua pluvial y proporcionan un refugio psicológico indispensable mediante el contacto cotidiano con la naturaleza.
La necesidad de un cambio de paradigma es evidente al contrastar estas soluciones con la realidad de las ciudades de la Región GDL-Altos-AGS, donde incluso las banquetas más amplias se encuentran frecuentemente obstruidas por postes, señales, vehículos mal estacionados y vendedores informales que carecen de alternativas reguladas de espacio. La pedestrianización y la reducción de la dependencia del automóvil particular no deben entenderse bajo ninguna circunstancia como un castigo hacia los conductores, sino como una emancipación colectiva de la esclavitud automotriz.
En la Región GDL-Altos-AGS, donde el sol intenso limita drásticamente la caminata durante gran parte del año, la implementación de cajetes tecnificados para el arbolado urbano y la filtración de agua constituye una estrategia de supervivencia básica. Estas intervenciones requieren adaptaciones bioclimáticas específicas según las características de cada localidad de la región. Guadalajara, con una altitud aproximada de 1500 metros, se debe beneficiar significativamente del arbolado de especies nativas o adaptadas, las cuales proveen sombras generosas y frescas. Por otro lado, Aguascalientes y las ciudades de los Altos de Jalisco, marcadas por climas considerablemente más secos y calurosos, demandan especies de alta resistencia a la sequía. Estas últimas deben integrarse a sistemas de riego eficientes y a un diseño urbano integral que minimice la exposición solar directa durante las horas centrales del día, asegurando la viabilidad del bosque urbano en condiciones de estrés hídrico.
La sostenibilidad cultural implica reconocer que caminar es una práctica inherente a la tradición urbana iberoamericana. Los mercados tradicionales, las plazas públicas, los paseos dominicales y los encuentros vecinales espontáneos son dinámicas que presuponen y exigen la movilidad peatonal. La imposición del automóvil como el símbolo máximo de estatus y pseudo éxito personal es un fenómeno reciente, importado de la cultura suburbana estadounidense y completamente ajeno a los valores comunitarios genuinos de la región. Esta inercia individualista destruye el tejido social, segrega espacialmente a la población según su nivel de ingresos, genera altos niveles de contaminación atmosférica y sonora, y suscita una constante ansiedad económica vinculada al mantenimiento vehicular.
La pedagogía social transforma las percepciones colectivas mediante la potencia de la experiencia directa. Cuando los niños y las niñas juegan seguros en las calles interiores de una supermanzana, cuando las personas de la tercera edad caminan sin el miedo constante a ser atropelladas, cuando las mujeres embarazadas encuentran sombras adecuadas y las personas con discapacidad o movilidad reducida acceden al espacio público sin obstáculos imprevistos, la ciudadanía asimila de forma tangible los beneficios del urbanismo peatonal. La evidencia sensorial del bienestar cotidiano supera cualquier argumentación estadística abstracta. La igualdad social se cifra, por ende, en el acceso universal a un aire limpio y a un entorno caminable seguro, bienes que deben dejar de ser privilegios condicionados por el nivel socioeconómico.
La transformación de la dictadura del automotor hacia la dignidad peatonal requiere paciencia estratégica. Los cambios culturales de fondo no ocurren por decreto administrativo, sino mediante la acumulación progresiva de experiencias urbanas positivas. Cada banqueta ampliada, cada árbol nativo plantado en un cajete tecnificado y cada calle pacificada genera una memoria colectiva favorable al urbanismo humanista, debilitando las resistencias iniciales ante la contundencia del bienestar recuperado. Al desvincular el orgullo personal y la autoestima de la posesión material de un vehículo de combustión, la pedagogía urbana enseña que la verdadera elegancia ciudadana radica en el respeto mutuo, el cuidado del espacio común y la preservación del entorno biodiverso. El camino peatonal y la paradiplomacia técnica con regiones como Cataluña representan la opción moral e ineludible para salvaguardar el tejido social, mitigar la crisis climática y restaurar la dignidad de la vida cotidiana en la Región GDL-Altos-AGS.
El modelo de supermanzanas de Cataluña demuestra que, mediante la cooperación entre ciudades y una planeación centrada en las personas, es posible recuperar el espacio público para los peatones, reducir el protagonismo del automóvil y construir entornos urbanos más seguros, verdes e incluyentes.
Referencias
Ajuntament de Barcelona. (2018). Barcelona rebaja la agresividad del plan de superilles a les Corts. El Nacional. https://www.elnacional.cat/es/barcelona/superilles-barcelona-corts_225708_102.html
Borja, J. (2013). Revolución urbana y derechos ciudadanos. Alianza Editorial.
Fernández, A. (2018). Infraestructura verde urbana y resiliencia climática: Estrategias de mitigación del efecto de isla de calor en ciudades de clima semiárido. Editorial Universitaria.
Freire, P. (2015). Pedagogía de la indignación. Siglo XXI Editores.

































