
Escrito por Alberto Marín y Mayra Cuesta / Equipo Red Planners
El Bosque de Chapultepec concentra, dentro de un mismo territorio, buena parte de los retos de movilidad de los grandes parques urbanos latinoamericanos. Su experiencia muestra que mejorar la accesibilidad no consiste únicamente en acercar el transporte público o construir infraestructura. Antes hay que entender qué función cumple cada espacio, quién lo utiliza y qué formas de acceso son compatibles con su vocación.
El 26 de agosto participamos en Diálogos por Chapultepec, en el Jardín Botánico del Bosque. La conversación nos permitió volver sobre un territorio con el que hemos trabajado desde hace siete años, desde el Plan Integral de Movilidad de 2019 hasta el Masterplan Orozco, y revisar qué problemas comenzaron a resolverse, cuáles permanecen y qué nuevas tensiones surgieron.
Un parque de escala metropolitana
Chapultepec tiene 866 hectáreas, dos veces y media la superficie de Central Park, y recibe alrededor de 24 millones de visitas al año. Es infraestructura ambiental, patrimonio histórico, conjunto cultural y espacio recreativo. También es uno de los grandes espacios democráticos de una metrópoli profundamente desigual.
Esa combinación plantea una tensión difícil. Queremos proteger su función ambiental y reducir la presencia del automóvil, pero también facilitar el acceso de familias con niños, personas mayores y usuarios con movilidad reducida. Queremos recuperar espacio para caminar y andar en bicicleta, aunque no todos pueden recorrer las mismas distancias ni superar las mismas pendientes.
La movilidad comienza, por tanto, antes de decidir dónde colocar una ciclovía, una estación o un estacionamiento. Comienza definiendo qué parque queremos tener.

Cuatro secciones, cuatro retos
La primera sección, de 234 hectáreas, funciona como un parque urbano consolidado, peatonal, ciclista y con una enorme intensidad de uso. Desde 2019, los nuevos cruces de Constituyentes, las Calzadas Flotantes, el Sendero Reforma y las conexiones con el Metro, Metrobús y Cablebús han reducido varias barreras. Hoy el reto no es solamente proporcionar acceso, sino gestionar grandes volúmenes de visitantes sin deteriorar el espacio público.
La segunda sección, con 168 hectáreas, concentra quizá la tensión más interesante. Combina funciones ambientales con equipamientos recreativos y culturales que atraen cada vez más viajes. Al mismo tiempo, ha reducido estacionamiento y recuperado espacio antes destinado al automóvil.
La dirección parece adecuada: más actividad, más visitantes, menos estacionamiento y mejores alternativas sostenibles. Pero estas últimas todavía no son competitivas para todos. Desde el Metro Constituyentes, Auditorio o Los Pinos, algunos destinos exigen caminatas de entre 1.1 y 1.3 kilómetros. Para una persona joven puede ser razonable; para una familia con niños o una persona mayor, la situación cambia.
Tener transporte público cerca no significa tener buena accesibilidad. Hay que medir el recorrido completo hasta el destino, considerando tiempo, distancia, pendiente, seguridad, comodidad y accesibilidad universal. En Chapultepec, la última milla está dentro del propio parque.
La tercera sección, de 244 hectáreas, tiene una vocación principalmente ambiental. Su topografía y su limitada infraestructura peatonal y ciclista dificultan los recorridos activos. Paradójicamente, algunas vialidades funcionan como rutas de paso para automóviles. Aquí la solución no consiste en urbanizar más, sino en mejorar senderos y permeabilidad sin comprometer la conservación. Más infraestructura no siempre significa mejor accesibilidad.
La cuarta sección incorpora terrenos que durante décadas permanecieron restringidos por su uso militar. Su apertura permite conectar nuevos equipamientos culturales con colonias cercanas, como el Pueblo de Santa Fe. Sin embargo, Constituyentes y Vasco de Quiroga siguen funcionando como barreras, mientras la vialidad interna principal carece de condiciones adecuadas para peatones y ciclistas. El reto no es solo atraer visitantes, sino reconectar territorios históricamente separados.
La accesibilidad en un parque urbano de gran escala va más allá de acercar el transporte público: debe considerar el recorrido completo hasta el destino, incluida la distancia, pendiente, seguridad, comodidad y accesibilidad universal.
Qué puede aprender la región
La experiencia de Chapultepec permite extraer seis principios aplicables a otros grandes parques urbanos:

Chapultepec como laboratorio
Chapultepec no tiene un único problema de movilidad. La primera sección exige gestionar una demanda intensa; la segunda debe compatibilizar actividad y conservación; la tercera necesita mejorar el acceso sin perder su vocación ambiental; y la cuarta puede utilizar la movilidad como instrumento de integración urbana y social.
Esa diversidad explica por qué el Bosque es un laboratorio tan valioso. La movilidad de un gran parque no puede abordarse como un asunto aislado de transporte. Es el resultado de la relación entre el territorio, las actividades, la ciudad y las personas.
Antes de preguntarnos cómo mover a más personas, conviene plantear tres cuestiones: qué queremos proteger, quién debe poder llegar y qué formas de movilidad son compatibles con ese propósito.
En un próximo artículo abordaremos la segunda sección, donde la transformación de los equipamientos y la reducción del espacio destinado al automóvil obligan a pensar un nuevo modelo de acceso y movilidad interna.
Chapultepec requiere estrategias diferenciadas para cada una de sus cuatro secciones: las soluciones de movilidad deben responder a la vocación ambiental, recreativa o cultural de cada territorio, equilibrando el acceso de visitantes con la conservación y la integración urbana.
































