En México nos hemos acostumbrado a vivir con el tráfico. Salimos más temprano, buscamos rutas alternas y calculamos cuánto tiempo extra necesitamos para llegar a nuestro destino. Quienes viajan en transporte público, además, tienen que considerar cuánto tardará en pasar el autobús y si podrán subir a la primera unidad.
Pero estar acostumbrados no significa que sea normal. Detrás de esos traslados hay horas de vida que las personas dejan de pasar en casa, con su familia o simplemente descansando después de una jornada de trabajo.
El estudio Costo del Tráfico 2026, elaborado por el IMCO y Dat’s Why, con apoyo de la Asociación Mexicana de Transporte y Movilidad, ayuda a entender el tamaño del problema. En las 44 zonas metropolitanas analizadas, quienes usan transporte público pierden, en promedio, 140 horas al año por la congestión. Quienes viajan en vehículo privado pierden 94. La diferencia es considerable: 46 horas al año, equivalentes a casi dos días.
Y en Guadalajara es mayor. Según el estudio, los usuarios del transporte público pierden 200 horas, frente a 133 de quienes se trasladan en vehículo privado.
Esto debería hacernos reflexionar sobre la forma en que estamos organizando la movilidad. Un autobús puede llevar a decenas de pasajeros y, aun así, todos ellos quedan detenidos en la misma fila de automóviles. El tiempo que se pierde en esa fila se multiplica por cada persona que va a bordo.
Durante mucho tiempo se ha pensado que la respuesta al tráfico está en ampliar calles, construir pasos a desnivel o buscar nuevas vías para los automóviles. Algunas obras pueden ayudar en puntos específicos, pero difícilmente resolverán el problema si cada vez hay más vehículos y el transporte público sigue circulando sin prioridad.
Dar esa prioridad implica tomar decisiones que no siempre son sencillas. Destinar un carril al transporte público puede generar inconformidad entre automovilistas, sobre todo al principio. Pero si por ese carril se logra mover a más personas en menos tiempo, la ciudad estará utilizando mejor el espacio que tiene.
También hay que decirlo: no todo se resuelve con carriles exclusivos. Para que más personas confíen en el transporte público, este debe pasar con frecuencia, cumplir sus horarios, ofrecer unidades en buenas condiciones y conectar adecuadamente las distintas zonas de la ciudad.
Hay otro asunto que no podemos dejar fuera: muchas familias viven cada vez más lejos de sus trabajos porque ahí encontraron una vivienda a su alcance. Si no acercamos los servicios y las oportunidades a esas zonas, los trayectos seguirán siendo largos, incluso cuando mejore la circulación.
Reducir los efectos del tráfico requiere que las áreas de desarrollo urbano y movilidad trabajen junto con la iniciativa privada, la academia y otros actores de la ciudad. Si cada quien atiende el problema desde su trinchera, el automóvil particular seguirá ganando terreno. El automóvil tiene un lugar en la movilidad; lo que hace falta son políticas públicas que ordenen su uso y lo equilibren con las demás formas de trasladarse.

































