
A pesar de una década de avances en la conversación sobre movilidad y espacio público, las ciudades en América Latina siguen atrapadas entre el discurso progresista y prácticas políticas tradicionales que frenan los cambios de fondo. Para Carmenza Saldias Barreneche, estratega urbana del CIDEU Colombia, el problema no es la falta de ideas, sino la falta de decisiones valientes.
En entrevista, la especialista plantea una visión dual: por un lado, reconoce que hoy gobiernos, ciudadanía y sector privado, están más involucrados en la agenda urbana; pero por otro, advierte que el ritmo político sigue siendo insuficiente frente a la urgencia de transformar la forma en que se diseñan y viven las ciudades.
El resultado es evidente, pues señala que mientras se multiplican los foros y congresos, en la calle persisten los mismos problemas estructurales. La movilidad sigue centrada en el automóvil, la inversión privilegia grandes obras y la experiencia cotidiana del ciudadano como es caminar, moverse, en sí, habitar la ciudad continúa relegada.
¿Estamos avanzando realmente en la construcción de mejores ciudades?
Hay dos formas de verlo. Una optimista: sí estamos avanzando. Hoy hay más ciudades, más ciudadanía y más sector privado comprometidos con estos temas; el simple hecho de que existan congresos y espacios de discusión muestra que la movilidad y el espacio público ya ocupan un lugar relevante en la agenda.
Pero también hay una visión más escéptica, yo creo que políticamente no vamos al ritmo que deberíamos. Sigue pesando mucho la política tradicional, el miedo a tomar decisiones impopulares aunque sean necesarias, y eso frena cambios que podrían beneficiar a la mayoría.
¿Qué está fallando entonces en la toma de decisiones?
Nos sigue ganando el temor político, no todo lo impopular es malo, pero muchas decisiones que mejorarían la vida urbana no se toman por cálculo político, ahí es donde necesitamos una renovación, no solo de edad, sino de mentalidad en quienes gobiernan.
La principal deuda en materia de movilidad no es técnica, es política y cultural: el miedo a tomar decisiones impopulares y la falta de aprobación ciudadana siguen frenando la transformación urbana.
¿Qué elementos son clave para avanzar de forma más consistente?
El primero, sin duda, es la educación, no solo educación formal, sino formación ciudadana, necesitamos nuevas generaciones que entiendan su relación con el espacio público, que respeten las normas y que incorporen el autocontrol como parte de la vida cotidiana.
Hoy invertimos enormes cantidades en infraestructura, pero muy poco en enseñar a usarla correctamente, puedes construir una gran autopista, pero si la gente no sabe usarla o no respeta las reglas, el problema persiste.
¿Y qué papel juega la ciudadanía en este proceso?
Es fundamental, pero hay que hacer algo clave que es recordarle que los recursos públicos son suyos, todo el dinero que se invierte en obras viene del bolsillo de la ciudadanía; cuando la gente entiende eso, cambia su comportamiento, se vuelve más consciente, más exigente y más responsable. Pero esa pedagogía del recurso público todavía es muy débil en nuestras ciudades.
¿Las decisiones técnicas están siendo suficientes?
No. De hecho, ahí hay otro problema, muchas decisiones se quedan en lo técnico, en lo rentable, en lo que “conviene” financieramente y entonces priorizamos grandes obras como autopistas, megaproyectos de transporte y dejamos de lado lo cotidiano, banquetas, ciclovías, infraestructura barrial, esas pequeñas obras son las que realmente transforman la vida de las personas.
La clave de una buena ciudad no está en las megaobras, sino en lo cotidiano: banquetas, transporte público y espacios caminables son losverdaderos motores de lacalidad de vida.
¿Estamos construyendo ciudades desiguales?
Totalmente y desde siempre, eso genera una fractura social muy fuerte; hay zonas con todo y barrios sin lo básico, esa desigualdad no solo es injusta, también genera desconexión, enojo y resistencia. Cada comunidad debería tener acceso a una ciudad de calidad, a su escala. No se trata solo de grandes proyectos, sino de dignificar lo cotidiano.
Desde su perspectiva, ¿qué define a una buena ciudad?
Una ciudad donde la gente es feliz caminando, parece simple, pero no lo es. En ciudades como San Sebastián, Montevideo o Viena, la gente sale a caminar, a encontrarse, a disfrutar el espacio público, no hay prisa, hay calidad de vida.
En cambio, en muchas ciudades latinoamericanas seguimos creyendo que la felicidad está en el consumo o en el automóvil, y no, la verdadera calidad urbana está en poder caminar tranquilo, en comunidad.
¿Qué hemos hecho mal en América Latina en términos de movilidad?
Hemos construido ciudades para los autos, para el ego político y para los sectores más privilegiados, y hemos descuidado lo esencial que es el transporte público y el espacio peatonal. Un buen sistema de transporte público puede cambiarle la vida a una persona desde que inicia su día, pero eso no ha sido prioridad.


































