¿Cuándo fue la última vez que viste a una niña o niño solo en la calle?
No perdido. No en peligro. Solo. Caminando. Decidiendo si dobla a la izquierda o a la derecha porque le gusta cómo suena esa banqueta bajo sus zapatos. Si la respuesta tarda en llegar, no es por falta de memoria. Es por falta de niñas y niños.
En tres décadas, la infancia fue expulsada del espacio público. No por accidente. Por diseño. Francesco Tonucci lo advirtió desde 1991 con su proyecto La ciudad de las niñas y los niños: la ciudad moderna fue concebida para un solo ciudadano (el adulto, varón, motorizado), y el automóvil se volvió su habitante privilegiado. Puede contaminar, ocupar espacio público, matar. Nadie le construye una cerca. A las niñas y a los niños sí. A las niñas y los niños les construimos cercas y las llamamos parques.
El Artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho al juego, al esparcimiento y a la participación cultural. En 2013, la Observación General No. 17 del Comité de los Derechos del Niño lo llamó “el artículo olvidado”. Los Estados lo firman en papel y lo niegan en concreto. Literalmente, en concreto: en el cemento de los playgrounds cercados.
La infancia ha sido sistemáticamente excluida del espacio público por un modelo urbano adultocéntrico y motorizado, donde los parques funcionan más como dispositivos de contención que como espacios de libertad.
El parque como corral
Cualquier parque infantil mexicano: cerca perimetral, piso de caucho, tres juegos idénticos (resbaladilla, columpio, sube y baja), una banca para el adulto. La niña o el niño sube, baja, repite. El adulto observa. Nadie se pregunta para quién fue diseñado ese espacio. La respuesta incómoda: fue diseñado para la tranquilidad del adulto, no para la libertad de las niñas y los niños.
El parque infantil es a las niñas y los niños lo que el estacionamiento al automóvil: un depósito para lo que estorba en el espacio productivo. Hermann Mattern, citado por Tonucci, lo formuló con precisión quirúrgica: el fracaso de un entorno urbano se mide en proporción directa al número de parques infantiles. Cuantos más construimos, más admitimos que la ciudad no sirve para la infancia.
Colin Ward trazó esta distinción en The Child in the City (1978): existen los places for children (espacios que el adulto diseña para contener a niñas y niños) y los children’s places (espacios que las niñas y los niños se apropian: banquetas, baldíos, charcos, grietas). El playground moderno es el triunfo de la primera categoría. No es un espacio de libertad. Es un dispositivo de contención con colores primarios. Y, si miramos con lentes de Foucault, la imagen se afila: el parque opera como panóptico blando. La cerca no protege a las niñas y los niños del exterior; los aísla del espacio público. El adulto en la banca no cuida. Vigila. Cuidar implica confianza. Vigilar implica sospecha.
La arquitectura del miedo
El adultocentrismo no nace del descuido. Nace del miedo. Se diseñan juegos sin caída, recorridos sin desvío, plazas sin esquinas. No es que no piensen en la infancia. Piensan demasiado en ella, pero desde la ansiedad, nunca desde la autonomía.
Tim Gill, autor de No Fear (2007) y Urban Playground (2021), lleva dos décadas desmontando esta lógica. Una niña o un niño que nunca cae no aprende a levantarse. Uno que nunca negocia un obstáculo no desarrolla capacidades espaciales. Gill propone el “triángulo del juego”: espacio, tiempo y actitud adulta permisiva. Si falta un vértice, no hay juego real. En la mayoría de las ciudades falta el tercero. El miedo adulto es el verdadero déficit urbano, no la falta de resbaladillas.
Japón ilustra esta tensión como ningún otro país. Conviven dos modelos: los parques convencionales con circuitos cerrados (subir, bajar, repetir, sin desafío) y los adventure playgrounds de Tokio (Hanegi Playpark, Kodomo Yume Park), donde niñas y niños encienden fogatas, construyen con martillos reales y saltan de techos a colchones viejos. Más de 80 espacios bajo un lema que es declaración de principios: “Juega libremente bajo tu propio riesgo”. Amy Fusselman lo documentó en Savage Park: eliminar el riesgo del juego no protege a las niñas y los niños; los desconecta de la experiencia de estar vivos.
Frente al encierro, ciudades como Pontevedra no construyeron más parques: redujeron tráfico, ampliaron banquetas, eliminaron estacionamientos. Las niñas y los niños volvieron a la calle sin equipamiento especializado. Rotterdam transformó barrios dominados por coches en vecindarios caminables. La lección es consistente: la mejor infraestructura infantil no es un juego más seguro, sino una ciudad con menos coches. Ivan Illich, desde Cuernavaca, ya lo había intuido: así como la escuela no es el único lugar de aprendizaje, el playground no es el único lugar de juego. Institucionalizar el juego es empezar a matarlo.
El corral mexicano
México tiene un marco jurídico envidiable. La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de 2014 reconoce a niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos. El SIPINNA opera con más de mil 870 mecanismos municipales. La Ley de Movilidad y Seguridad Vial de 2022 establece el derecho a la movilidad. Existen la REDIM, UNICEF México y la Coalición por la Movilidad Segura. Y, sin embargo: ¿qué ciudad mexicana está diseñada para que una niña o un niño de diez años camine solo a la tienda?
El abismo entre la norma y el territorio es el corral más grande. La infancia urbana mexicana vive entre tres encierros: la escuela, el automóvil y la pantalla. Tres perímetros distintos, misma lógica: la niña o el niño no decide cuándo entra, cuándo sale ni qué hace adentro. El programa “Afuera” de Zapopan, donde niñas y niños deciden la vocación de un espacio público, es la excepción que confirma la regla. El propio Tonucci lo avaló. Pero que sea noticia que a una niña o un niño se le pregunte qué quiere en su parque revela el tamaño del problema.
En 2022, el Senado analizó incorporar el derecho a la movilidad a la Ley de NNA. El diagnóstico de esas mesas fue demoledor: para la infancia, la ciudad es un espacio agresivo, gris, inerte. No es opinión académica. Es un reconocimiento institucional. La pregunta es qué hacemos con ese reconocimiento, además de archivarlo.
La playa: el último espacio sin guion
La playa es el último espacio público donde el cuerpo infantil se mueve sin instrucciones. No hay señalética, no hay superficie certificada, no hay cerca. La arena, el agua y el viento son loose parts naturales: materiales sin función predeterminada que la niña o el niño transforma en lo que necesita. Una concha es cuchara; un agujero en la arena es mapa del mundo. En la playa, la niña o el niño calculan sus propios riesgos. Mide la ola con su cuerpo. Negocia con el mar. Eso es exactamente lo que Gill describe como fundamento del desarrollo: riesgo graduado, gestionado por la propia niña o el niño. La playa es el adventure playground que la naturaleza construyó antes de que el urbanismo existiera.
¿Y quién planifica las playas pensando en la infancia? Nadie. Se piensa desde el turismo, desde el ecosistema, desde la inversión inmobiliaria. La infancia no aparece en ningún plan de manejo costero como sujeto de derecho al esparcimiento. La niña o el niño llega como acompañante del adulto que eligió destino, horario y presupuesto. Pasajero de la recreación ajena. Guy Debord lo habría reconocido: la playa del turismo masivo es espectáculo, set de consumo. Pero la playa de la niña o el niño que juega es experiencia pura. Dos playas distintas en el mismo litoral. Solo una es libre.
La paradoja reveladora: el espacio que más libertad ofrece a la infancia es el que menos se diseña para ella. Y quizá por eso funciona. Quizá lo que la infancia necesita no es más diseño, sino menos intervención adulta. No más parques cercados. Más arena. No más guion. Más horizonte.





































