Te lo pregunto porque yo no alcanzo a verlo bien desde aquí abajo. Porque el sol me pega de frente y la vista ya no me ayuda como antes. Porque la parada no tiene techo y el reflejo se revienta contra el pavimento. Porque tú sí estás de pie y yo no. Tú sí puedes asomarte a la esquina. Yo tengo que esperar sentada, detenida, con las ruedas atoradas entre la tierra suelta y la banqueta rota que nunca terminaron de construir.
¿No oyes venir el camión?
No me contestes nomás por contestar. Asómate bien. Fíjate. Porque si no pasa en este rato ya no nos van a recibir. A mí me dijeron que llegara antes de las once para que me revisaran la pierna, para que vieran si esa herida ya se complicó o todavía alcanza remedio. Tú sabes cuántos días llevo aguantando. Tú sabes que anoche casi no dormí del dolor. Y también sabes que salimos desde muy temprano por lo mismo: porque en esta ciudad no basta con lograr obtener una cita; además hay que adivinar si el transporte va a querer ayudarte a llegar. Aquí, por ejemplo, el tiempo real de espera no suele ser de 10 minutos como dicen los planes de movilidad o los “planificadores de movilidad”, sino de 25 a 35 minutos… si bien nos va.
“No se ve nada”.
Eso dices siempre. No se ve nada. No viene nada. Quién sabe si pase. Quién sabe si ya pasó. Quién sabe si venga lleno. Así se habla también en muchas ciudades: con frases cortas, secas, cansadas. No porque falten palabras, sino porque falta aire. Porque el trayecto ya empezó mucho antes de llegar a la parada. Empezó en la casa, cuando hubo que bajar la silla entre dos escalones sin rampa. Empezó cuando tuvimos que rodear tres coches subidos a la banqueta. Empezó cuando en una calle entera sus banquetas estaban bloqueadas porque nadie pensó que por ahí también pasa gente que no camina, gente que empuja, gente que cuida, gente que depende de llegar.
La movilidad no empieza en el camión. Empieza en el cuerpo. Empieza en los brazos que empujan una silla por una banqueta mal hecha. Empieza en la espalda que se vence al subir una pendiente. Empieza en la mano que carga la mochila, los papeles, la botella de agua, la receta, la chamarra por si hace frío al regreso. Empieza en el cuerpo de quien acompaña y en el cuerpo de quien necesita ser acompañado. Empieza en el cansancio acumulado antes de tocar siquiera el primer pasamanos, antes de arrimarse a la primera unidad, antes de saber si el operador va a detenerse o si va a seguir de largo al ver que subir una silla le retrasa el recorrido.
¿No oyes venir el camión?
“Espérate.”
¿Qué me espere qué? ¿El dolor? ¿La hora? ¿La buena voluntad de un sistema que siempre se descompone del mismo lado? Porque eso es lo que tantas veces no se entiende cuando se habla de transporte en abstracto. Se habla de cobertura, de rutas, de unidades, de kilómetros, de conectividad. Pero todo eso, dicho así, desde arriba, no alcanza para describir lo que pesa una ciudad cuando obliga a alguien a organizar su salud, su trabajo, su escuela o su día entero alrededor de una posibilidad incierta. No se vive solo con la falta de transporte; se vive, sobre todo, con la duda de si el transporte servirá cuando más importa.
Y esa duda desgasta. Desgasta al estudiante que sale con hora y media de margen para no perder la primera clase. Desgasta a la trabajadora que necesita enlazar tres trayectos y aun así no tiene asegurado llegar puntual. Desgasta a la persona mayor que calcula si todavía puede aguantar de pie. Desgasta a quien acompaña a alguien enfermo. Desgasta a quien empuja, carga, espera, sostiene. Desgasta, sobre todo, porque la ciudad traslada a los cuerpos lo que no quiso resolver con diseño, proximidad y coordinación.
¿No oyes venir el camión?
“No viene.”
Pues fíjate bien. Porque en buena parte del país la vida cotidiana cabe entera en esta escena: alguien que necesita llegar, alguien que intenta ayudar, una infraestructura mal resuelta y una espera que puede echar a perderlo todo. No estamos hablando aquí de comodidad. Estamos hablando de acceso real. Del derecho de una persona a atenderse, estudiar, trabajar, cuidar o simplemente moverse sin que cada trayecto se vuelva una prueba de resistencia. Cuando una persona pierde una consulta por un retraso de transporte, no pierde solo una hora: pierde la oportunidad de atención y muchas veces vuelve a esperar mínimo un mes o más por reprogramación.
Eso también es desigualdad. No solo la del ingreso, no solo la de la vivienda, no solo la del equipamiento. Es la desigualdad del tiempo. La desigualdad del esfuerzo. La desigualdad del dolor. Porque hay gente que vive en una ciudad que responde: sale de casa y encuentra banqueta, sombra, parada, frecuencia, ascenso accesible, trayectos predecibles, servicios cercanos. Y hay gente que vive en otra, aunque tenga la misma credencial y pague los mismos impuestos: una ciudad donde todo existe, sí, pero al otro lado; una ciudad donde hay clínica, pero lejos; ruta, pero incierta; parada, pero inservible; acceso, pero a condición de que el cuerpo aguante.
Ahí empieza el reproche. No el reproche grande contra “las autoridades”, dicho como consigna. El otro. El chiquito, el seco, el de cada mañana. El que sale cuando una persona ya viene vencida y todavía tiene que negociar con una banqueta rota, con un chofer apurado, con una unidad llena, con un horario que no espera. El de quien ya perdió una consulta por segunda vez. El de quien ya tuvo que pagar un taxi que no podía pagar. El de quien escucha que “sí hay servicio” mientras sigue esperando en un borde de ciudad donde el servicio se siente más como rumor que como certeza.
¿No oyes venir el camión?
“No”
Pues así viven millones. Y no debería ser así. No debería depender tanto de una señal incierta el que una persona alcance una cita médica, entre a la escuela, marque asistencia o conserve un bono de puntualidad. No debería organizarse la vida entera alrededor de esa pregunta. No debería recaer sobre los hogares, y sobre sus cuerpos, el costo de que el sistema no esté pensado para quien empuja una silla, acompaña a una persona mayor, carga una niña dormida o simplemente no tiene alternativa. Porque cuando eso pasa, lo que falla no es solo el transporte: falla la relación completa entre la ciudad y la vida.
¿Ya?
“No, todavía no”.
Y en ese “todavía no” se va consumiendo el día. Se va la hora de llegada. Se va la calma. Se va la tolerancia en el trabajo. Se va el turno en la clínica. Se va la oportunidad de entrar sin problema a la escuela. Se va el margen que se había construido levantándose más temprano, saliendo antes, apurando el cuerpo más de la cuenta. En esta ciudad, el costo de una sola mañana perdida no es simbólico, puede representar un día completo de salario.
Y encima de todo eso, el miedo. Digamos que en esta ciudad tres de cada diez personas han sufrido o presenciado un asalto en vía pública o en el transporte durante su trayecto cotidiano. Digamos que, de acuerdo con encuestas de percepción, el transporte público ocupa el primer lugar entre los espacios donde la gente se siente más insegura. Digamos que seis de cada diez mujeres cambian ruta, horario o forma de vestir para moverse con menos riesgo. No importa aquí el decimal exacto; importa la escena: la espera no es neutra. La parada sola, la calle mal iluminada, la unidad saturada, todo eso agrava el costo del viaje. No solo se llega tarde: se llega alerta, tenso, agotado, a veces con miedo desde antes de subir.
“¿Y si mejor agarramos taxi?”
¿Con qué?
También esa pregunta forma parte del trayecto. La hace la madre que ya sabe que el cuerpo no le va a aguantar otra hora al sol. La hace el hijo cuando por fin entiende que el margen se acabó. La hace cualquiera que ha aprendido que, en esta ciudad, la diferencia entre llegar y no llegar muchas veces depende de tener dinero para escapar del sistema cuando el sistema falla. Pero ese dinero no siempre está.
¿No oyes venir el camión?
A veces parece que sí. A veces se escucha algo al fondo. A veces uno cree que ahora sí dobló la esquina. A veces no era ese. A veces sí venía, pero siguió. A veces paró más adelante, donde no hay cómo subir. A veces pasó lleno. A veces, cuando por fin aparece, ya no corrige nada. Porque eso es lo que más pesa de un sistema que llega mal: no que nunca aparezca, sino que se deje esperar hasta que ya no compone nada. Que uno siga ahí, aguantando el sol, el dolor, la incomodidad, la hora encima, creyendo que si se escucha a tiempo todavía se alcanza. Todavía la consulta. Todavía la entrada. Todavía el turno. Todavía el día.
¿No oyes venir el camión?
Fíjate bien. No me digas que al rato. No me digas que quién sabe. No me digas que quizá el siguiente. Tú sí puedes ver la esquina. Tú sí puedes ponerte de pie y buscarlo. Yo aquí abajo nomás siento cómo se me va cargando la pierna, cómo se me va cerrando la mañana, cómo se me va acabando el margen que traíamos desde que salimos de la casa.
Y a veces sí. A veces ya se oye. Ya viene. Ya asomó al fondo. Ya levantó polvo. Ya frenó más adelante. Ya pasó.
Pero para entonces da lo mismo.
La cita ya se perdió. La puerta ya se cerró. El dolor ya empeoró. El día ya quedó echado a perder por una espera que otra gente llama retraso menor porque nunca ha tenido que jugarse tanto en una sola unidad. Entonces no queda más que ese coraje seco que da cuando algo por fin aparece y ya no sirve para nada: ya que venías, ya que por fin te dejabas oír, no ayudaste ni para evitarme esta pérdida.
*El texto se inspiró y se adaptó a partir del cuento de Juan Rulfo “¿No oyes ladrar los perros?”, incluido en El Llano en llamas (1953), así como en las miles de personas, a veces invisibles en una ciudad, para quienes la vida también consiste en eso: esperar el transporte para llegar.


































