Microorganismos a bordo, los otros usuarios del transporte público: Riesgos biológicos en los conductores del transporte - Pasajero7

Microorganismos a bordo, los otros usuarios del transporte público: Riesgos biológicos en los conductores del transporte

MICROORGANISMOS

Millones de personas suben todos los días a un autobús, un microbús o al Metro para desplazarse por la ciudad. Se comparten miradas, se comparten conversaciones, se comparten rutinas, pero también algo más pequeño, invisible pero omnipresente: los microorganismos. Cada pasamanos, asiento o torniquete son puntos de encuentro en los cuales las bacterias y los hongos se mezclan, viajan y se transforman con nosotros. Aunque no nos demos cuenta, el transporte público es un ecosistema vivo, una especie de “selva microscópica” que respira con la ciudad.

De esta forma, en el transporte público, por ejemplo, en el Metro de la Ciudad de México, se han detectado más de 50 mil tipos de microorganismos distintos (Hernández et al., 2020), y las bacterias que más se encuentran son Cutibacterium, Corynebacterium, Streptococcus y Staphylococcus, que son las que habitualmente tenemos en la piel. Así, el transporte público no es sólo un modo para mover a las personas: es un ecosistema biológico en el que hay millones de seres vivos (microorganismos) que no podemos ver a simple vista y que están interactuando continuamente. Aunque los vehículos y la infraestructura de transporte no estén sucios, las comunidades microbianas se transfieren entre nosotros, y lo fascinante —y a la vez desafiante— es que este flujo biológico puede influir en nuestra salud sin que lo percibamos.

El proyecto de la UACM busca estudiar científicamente esta exposición para diseñar protocolos de limpieza y medidas sanitarias basadas en evidencia, mejorando así la salud, la operación y la sustentabilidad del transporte público. 

El proyecto “Microorganismos a bordo: los otros usuarios del transporte público”, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), surge justamente de esta preocupación. Su propósito es evaluar los niveles de exposición biológica de los conductores de transporte público, un grupo que pasa horas dentro de un entorno cerrado, respirando el aire de cientos de personas y tocando las mismas superficies una y otra vez. Si hay alguien verdaderamente expuesto a los microorganismos del transporte, son ellos —los conductores—. Sin embargo, hasta hace poco, este riesgo había pasado casi desapercibido.

Durante la pandemia de COVID-19, el tema cobró especial relevancia. De pronto, la sociedad entera comprendió la importancia de lavarse las manos, ventilar los espacios y usar cubrebocas. Pero, con el paso del tiempo, esa conciencia se fue diluyendo, aunque los microorganismos siguieron allí. Como advierten Rodríguez-Urrego (2020), las mejoras temporales en la calidad del aire no modificaron de manera estructural nuestros hábitos de movilidad. Seguimos compartiendo el mismo aire y las mismas superficies, aunque ya no lo pensemos tanto.

El transporte público es, por su propia naturaleza, un entorno de contacto intenso. En el Metro, por ejemplo, los torniquetes son tocados por más de 120 personas por hora, mientras que las barras interiores de los vagones por unas 20. Esas cifras explican por qué cada superficie tiene su propia “firma microbiana”. Las estaciones, más abiertas y expuestas al aire exterior, presentan mayor diversidad de bacterias que los vagones, donde predominan las asociadas al contacto directo. De hecho, el polvo urbano representa una de las principales fuentes de microorganismos en el sistema: cerca del 34 % del total.

Ahora bien, la mayoría de estas bacterias son inofensivas e incluso beneficiosas. El problema aparece cuando se combinan con condiciones de mala ventilación, limpieza insuficiente o inmunodepresión del personal, ya que los conductores pasan entre diez y doce horas en el mismo vehículo, por lo que están expuestos de forma constante y, a largo plazo, esto puede generar alergias, problemas respiratorios o fatiga inmunológica. Además, las enfermedades infecciosas comunes, como la gripe o los resfriados, se propagan con facilidad en estos entornos, afectando tanto a los trabajadores como a la operación del sistema por ausentismo laboral.

El proyecto de la UACM propone estudiar esta realidad con un enfoque científico y práctico. Se harán muestreos en distintos modos de transporte —microbuses, autobuses y Metro—, se revisarán las superficies más tocadas y se emplearán técnicas de laboratorio como la tinción de Gram y el cultivo bacteriano. Con los resultados, se pretende elaborar protocolos de limpieza y desinfección basados en la evidencia, no en la costumbre. Es un punto clave, ya que limpiar más no es sinónimo de limpiar mejor: hay productos que pueden eliminar bacterias inofensivas y dejar que otras más resistentes tomen su lugar.

Para los empresarios del sector transporte, estos datos son más que curiosos: implican costos, productividad y responsabilidad. Un conductor enfermo significa un vehículo detenido y un servicio afectado. Pero también, mejorar las condiciones de trabajo es mejorar la calidad del transporte y la salud pública al mismo tiempo. De ahí que el proyecto tenga un enfoque integral, que combina la ingeniería, la logística y la microbiología para desarrollar una verdadera ingeniería sanitaria del transporte.

El transporte público funciona como un ecosistema microbiano vivo, donde millones de microorganismos interactúan y pueden influir en la salud, especialmente en la de los conductores que pasan muchas horas expuestos. 

Con esto, no se busca alarmar a los conductores o usuarios del transporte, sino ayudar a comprender que los microorganismos son parte de nuestro día a día y que conocer qué tipos de bacterias se encuentran en el transporte permitirá crear ambientes más saludables a través de rutinas de limpieza más eficaces, materiales menos porosos, sistemas de ventilación adecuados y tecnologías que ya se utilizan en otros países, como recubrimientos antimicrobianos o filtros HEPA.

Más allá de la salud, esta línea de investigación también tiene un valor cultural. Los científicos encontraron en las superficies del Metro rastros de ADN vegetal de maíz, frijol, café y eucalipto. Es decir, la microbiota del transporte refleja la identidad biológica de quienes lo usan. En cierto sentido, el Metro lleva en sus paredes la huella genética de la ciudad: su gente, su entorno y su historia. Lo que transporta no son solo cuerpos, sino fragmentos microscópicos de vida.

En conclusión, entender el transporte público como un sistema vivo nos permite replantear la movilidad desde una perspectiva humana. No se trata solo de mover personas de un punto a otro, sino de garantizar que ese movimiento se haga en condiciones saludables, sostenibles y seguras. Los microorganismos son parte de nuestra realidad urbana, y estudiarlos no significa temerles, sino aprender a convivir con ellos inteligentemente.

El futuro del transporte dependerá tanto de motores y combustibles limpios como de entornos biológicamente sostenibles. Los pasajeros invisibles seguirán viajando con nosotros; lo importante es conocerlos, comprenderlos y asegurar que su presencia no se convierta en un riesgo. Porque en cada viaje, además de historias humanas, también viajan ecosistemas enteros.