Turismo comunitario: logro territorial y claves para una movilidad sostenible - Pasajero7

Turismo comunitario: logro territorial y claves para una movilidad sostenible

TURISMO COMUNITARIO

El turismo comunitario ya no es una promesa; es una política pública con escala territorial. Hoy, más de la mitad de los municipios del país desarrollan actividad turística y los 15 polos de turismo comunitario abarcan 346 municipios, 14.2 millones de habitantes y más de 66 mil unidades económicas (SECTUR, 2026). No estamos ante una modalidad marginal, sino frente a un componente estructural del territorio mexicano.

La definición oficial es clara: se trata de turismo gestionado por las propias comunidades, con liderazgo en la oferta, en la identidad y en el aprovechamiento de su patrimonio biocultural (SECTUR, 2025). La comunidad no es beneficiaria; es protagonista.

Desde la academia, este modelo se entiende como una forma de gobernanza territorial basada en propiedad social, asambleas y sostenibilidad situada (Gasca y Pardo, 2016). El reconocimiento institucional no crea el fenómeno; lo consolida y lo proyecta a una escala mayor. Y cuando un modelo se expande, también se expanden sus flujos: personas, servicios, insumos, residuos. Por eso, hablar de turismo comunitario también es hablar de movilidad.

El turismo comunitario en México ha pasado de ser una promesa a una política pública estructural, con presencia en 346 municipios y protagonizado por las propias comunidades, quienes gestionan la oferta turística, su identidad y patrimonio biocultural. 

Turismo es movilidad

El turismo no existe sin desplazamiento. Es, por definición, un sistema de movilidades. Las personas viajan, circulan, acceden, ocupan espacio público y demandan infraestructura. La literatura sobre movilidades ha señalado que el turismo reconfigura territorios a través de flujos (Sheller y Urry, 2006). Los polos de turismo comunitario son nodos emergentes de movilidad y, por tanto, deben planearse con esa dimensión en mente.

Lejos de representar un problema, esta condición abre una oportunidad: integrar desde el inicio criterios de movilidad sostenible que acompañen el crecimiento de los destinos.

Primer eje de afinamiento: movilidad y transporte público

La accesibilidad adecuada fortalece destinos. Investigaciones sobre transporte y turismo muestran que una conectividad bien planificada mejora la competitividad territorial y experiencia del visitante (Coppola et al., 2020). En contextos rurales, el reto no es crecer o no crecer, sino hacerlo con equilibrio (Apollo, 2025).

Muchos polos comunitarios se ubican en zonas rurales, costeras o serranas con infraestructura limitada. A medida que aumentan los visitantes, la planeación anticipada en transporte se vuelve estratégica. No se trata de frenar la dinámica turística, sino de acompañarla con soluciones pertinentes: fortalecimiento del transporte público regional, coordinación intermunicipal, esquemas de acceso ordenado en temporadas altas y promoción de movilidad compartida o de baja emisión.

Estudios en destinos rurales muestran que cuando la movilidad se planifica con anticipación se reducen tensiones y se mejora la convivencia entre residentes y visitantes (Dickinson, 2009; Curtale, 2024). En el caso mexicano, donde el turismo comunitario se despliega sobre cientos de municipios y millones de habitantes, integrar esta dimensión desde el diseño puede convertirse en un sello distintivo del modelo.

El turismo comunitario tiene la oportunidad de no reproducir la dependencia intensiva del automóvil, sino de ensayar esquemas acordes con la escala territorial y cultural de cada destino.

Segundo eje de afinamiento: espacio público y caminabilidad

La experiencia en destinos comunitarios suele estar vinculada al contacto directo con el territorio: caminar senderos, recorrer plazas, acceder a playas o visitar mercados tradicionales. La caminabilidad no es solo un atributo estético; es un componente estructural de sostenibilidad. Investigaciones recientes muestran que la caminabilidad mejora la experiencia turística y reduce impactos ambientales (Yeap et al., 2024).

Planificar destinos caminables, priorizar peatones y habilitar infraestructura ligera (como ciclovías rurales o transporte eléctrico de baja escala) puede fortalecer la identidad comunitaria. En territorios indígenas o ejidales, el espacio público es también territorio cultural. Su protección y ordenamiento no solo benefician al visitante; preservan la vida cotidiana de la comunidad.

Experiencias en turismo comunitario urbano demuestran que la mejora en infraestructura puede revitalizar barrios cuando se realiza con participación local (Mees, 2025). En los polos comunitarios, este enfoque puede consolidar un modelo donde el espacio público siga siendo de la comunidad, incluso en escenarios de mayor afluencia.

Tercer eje de afinamiento: adaptación climática

Muchos polos de turismo comunitario se localizan en zonas ambientalmente sensibles: costas expuestas a fenómenos hidrometeorológicos, sierras con riesgo de incendios o regiones con estrés hídrico. Incorporar criterios de resiliencia desde la planeación turística fortalece la sostenibilidad del modelo.

La movilidad forma parte de esta ecuación. Diseñar accesos que respeten corredores ecológicos, fomentar transporte de baja emisión y promover infraestructura eficiente en el uso del agua y la energía son acciones que protegen el patrimonio biocultural que da sentido al turismo comunitario.

Más que una restricción, la adaptación climática puede convertirse en un elemento diferenciador: destinos que integran naturaleza, cultura y resiliencia como parte de su propuesta de valor.

Cuarto eje de afinamiento: salud pública y servicios básicos

El incremento estacional de población en destinos turísticos implica mayores demandas de agua potable, manejo de residuos y atención médica. Integrar esta dimensión en la planeación permite fortalecer la capacidad local y prevenir desequilibrios.

La coordinación interinstitucional y el fortalecimiento de infraestructura sanitaria no deben verse como cargas adicionales, sino como inversiones estratégicas que consolidan la experiencia turística y mejoran la calidad de vida de la comunidad anfitriona.

Redistribuir beneficios económicos implica también fortalecer capacidades locales en servicios básicos, asegurando que el crecimiento turístico sea armónico y sostenible.

Hacia la siguiente etapa

El turismo comunitario ya tiene escala y territorio: 346 municipios, 14.2 millones de habitantes y más de 66 mil unidades económicas. Esa dimensión exige pasar a una segunda etapa: convertir el reconocimiento institucional en capacidades de operación sostenida.

Ahí es donde movilidad, transporte, clima y salud se vuelven aliados del modelo: ordenan accesos y temporadas, reducen presiones sobre el espacio público, fortalecen resiliencia ante riesgos climáticos y aseguran servicios básicos a la altura de los flujos turísticos.

Si el turismo comunitario busca consolidarse como columna vertebral del desarrollo territorial, su fortaleza estará en cómo se mueve: una movilidad planificada con equilibrio mejora la experiencia del visitante y, sobre todo, protege la vida cotidiana de las comunidades que hacen posible el destino.

IMPAGEN Opinión Alvarado




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