Santander (España) y las ciudades del Bajío-Occidente. Movilidad sostenible, educación y paradiplomacia I - Pasajero7

Santander (España) y las ciudades del Bajío-Occidente. Movilidad sostenible, educación y paradiplomacia I

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Escrito por: Dr. Miguel Ángel Franco / Integrante del COMUJ / x.com/mifrancov

La ciudad española de Santander se eleva frente al mar Cantábrico como un territorio que decidió colocar a las personas en el centro de su vida cotidiana. Su estructura urbana, moldeada por una historia marcada por la convivencia vecinal y el aprecio por el espacio público, ofrece un ejemplo revelador para quienes buscan transformar sus ciudades desde una perspectiva más humana. Caminar por Santander implica sentir que el tiempo discurre a un ritmo sensato, que las calles existen para ser vividas y que la urbe puede ser un organismo armónico cuando se privilegia la cercanía sobre la velocidad. La presencia constante de vegetación, acompañada por banquetas amplias, sombreadas y continuas, construye una experiencia peatonal placentera que eleva la calidad de vida sin depender de discursos técnicos ni de indicadores económicos. En Santander, caminar significa pertenecer.

La movilidad sustentable no se entiende solo como un conjunto de infraestructuras; es una filosofía urbana. En esta ciudad, la reducción de la necesidad de utilizar automóviles surgió de una convicción cultural más profunda: el territorio debe respetar a quienes lo recorren a pie. A diferencia de regiones donde se glorifica el coche como símbolo de estatus, en Santander prevalece una visión en la que la dignidad radica en la accesibilidad, la seguridad y la belleza del trayecto. El arbolado, cuidadosamente distribuido, atenúa el calor, regula la humedad y ofrece protección a lo largo de las rutas. Cada sombra proyectada sobre las banquetas funciona como un recordatorio de que el bienestar puede ser una política pública.

Santander se presenta como un modelo de ciudad que prioriza la movilidad peatonal, la educación urbana y la sostenibilidad social, ambiental y cultural como ejes de bienestar. 

En este entorno, la educación cobra un significado fundamental. La formación ciudadana se desarrolla en contacto directo con la ciudad misma. La pedagogía urbana enseña respeto, equilibrio y responsabilidad compartida al experimentar cruces seguros, avenidas calmadas, bordes accesibles y continuidad peatonal en prácticamente todos los barrios. La pedagogía social se expresa en talleres comunitarios, iniciativas barriales y programas culturales que vinculan a vecinos y vecinas con el diseño, cuidado y mantenimiento de los espacios públicos. Así, la educación deja de ser únicamente un proceso escolar y se convierte en un aprendizaje transversal: usar la ciudad es un acto formativo.

La sostenibilidad cultural emerge cuando los hábitos colectivos fortalecen valores compartidos. En Santander, caminar permite reencontrarse con rostros familiares, observar los cambios de las estaciones en la vegetación, escuchar conversaciones que fluyen entre plazas y mercados, y sentir la brisa del mar sin barreras metálicas ni tráfico agresivo. La sostenibilidad social aparece cuando las personas pueden trasladarse con autonomía, cuando niñas, niños, jóvenes, personas adultas mayores y personas con movilidad reducida encuentran caminos limpios, estables y sombreados. La sostenibilidad ambiental se materializa en la reducción de ruido y emisiones, así como en la integración de elementos naturales dentro de la trama urbana. En conjunto, estas dimensiones sostienen una visión de bienestar que va más allá del crecimiento económico.

Este enfoque ofrece claves para comprender la situación del Bajío-Occidente —Jalisco, Querétaro y Aguascalientes—, una región mexicana con profundas tradiciones comunitarias. Sus centros históricos y barrios construidos a escala humana muestran que esta zona posee una cultura urbana en la que lo peatonal podría ocupar naturalmente un papel dominante. Sin embargo, durante las últimas décadas, el territorio fue fuertemente influido por modelos estadounidenses que privilegiaron autopistas, expansión horizontal y la glorificación del automóvil como símbolo de progreso. Este fenómeno debilitó la vida barrial, redujo el confort climático, limitó la accesibilidad y amplificó desigualdades territoriales.

Frente a este escenario, observar y estudiar a Santander puede servir como inspiración para imaginar un futuro más digno. Las ciudades de la región del Bajío-Occidente cuentan con condiciones geográficas y culturales excepcionales para recuperar espacios públicos habitables. Guadalajara podría consolidar corredores peatonales amplios y vegetados en zonas donde el tránsito vehicular excesivo ha deteriorado el entorno. Querétaro, con su rico patrimonio histórico, tiene la oportunidad de fortalecer rutas caminables que conecten barrios sin depender de vehículos privados. Aguascalientes, con su traza ordenada y dimensiones contenidas, puede apostar por sombras constantes, superficies uniformes y equipamiento accesible que conviertan caminar en un placer cotidiano.

La educación será crucial para lograr este cambio. Promover una pedagogía urbana que enseñe a valorar las calles como espacios de convivencia, y no solo de movilidad, permitirá desmontar la idea —importada de Estados Unidos— de que el automóvil define el estatus. La pedagogía social puede articular esfuerzos entre universidades, colectivos culturales, asociaciones barriales y gobiernos locales para desarrollar programas que incentiven la apropiación del espacio público. La formación ciudadana, impulsada desde las escuelas hasta las campañas institucionales, puede fomentar actitudes responsables hacia el entorno, reconociendo el impacto que este tiene en la salud, el bienestar y la solidaridad comunitaria.

La paradiplomacia es otra herramienta decisiva. Santander ha desarrollado vínculos internacionales con ciudades europeas que comparten compromisos en movilidad sostenible, urbanismo humano y participación ciudadana. El Bajío-Occidente podría beneficiarse enormemente de intercambios técnicos, visitas de aprendizaje, asesoría en diseño peatonal, estrategias de arborización, programas educativos al aire libre y metodologías participativas. La cooperación entre gobiernos y actores locales de ambas regiones permitiría desarrollar proyectos binacionales que prioricen la calidad de vida y el bienestar por encima de la productividad neoliberal.

En última instancia, la lección más valiosa es simple: el camino hacia ciudades más humanas comienza poniendo atención en los detalles cotidianos. Una banqueta ancha, limpia y sombreada puede transformar la percepción de toda una colonia. Un cruce seguro puede otorgar autonomía a una persona mayor. Un corredor arbolado puede reducir la temperatura de un barrio. Un programa de pedagogía urbana puede cambiar mentalidades arraigadas. Santander demuestra que la movilidad sustentable no es un ideal europeo inaccesible, sino una construcción cultural posible. Y el Bajío-Occidente tiene todos los elementos para reinterpretarla desde su propia identidad.

El Bajío-Occidente cuenta con condiciones históricas y culturales para adoptar un enfoque urbano más humano, pero enfrenta el reto de revertir décadas de planeación centrada en el automóvil. 

Referencias

Gehl, J. (2010). Cities for People. Island Press.

Jacobs, J. (2016). Muerte y vida de las grandes ciudades. Capitán Swing.

Urry, J. (2007). Mobilities. Polity Press.




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