Utilizar el transporte público o medios de transporte alternos al automóvil, tiene un impacto enorme y muy valioso. No solo disminuye el gasto doméstico, también contribuye con el medio ambiente, con la salud de la población y con la economía de un sector del que dependen muchas familias.
Es un hecho que en las zonas metropolitanas de las ciudades más grandes del país, las formas y necesidades de desplazamiento entre distintos puntos es de suma importancia. Cada vez es más común que el trabajo o los lugares de consumo de sus habitantes estén a mayor distancia de la ubicación de sus viviendas. En el imaginario popular, tener un auto es la solución ante los retos de desplazamiento con los que un ciudadano debe lidiar, sin embargo, es la opción más problemática en la movilidad de las ciudades: Genera tráfico, contamina, provoca estrés, genera gastos de mantenimiento y combustible, promueve el sedentarismo… esto solo de primera intención, pues profundizando aún más, también provoca un mayor gasto público, puesto que hay que crear, mantener y arreglar las vialidades necesarias para su circulación, y subsidiar la gasolina, por mencionar algunos aspectos; esto, además de costoso, solo beneficia a una tercera parte de la población aproximadamente, que no es la que menos tiene y encima reduce, e incluso desaparece espacios públicos y deforesta áreas verdes. El uso del automóvil también provoca miles de muertes por accidente al año: Muchas más que el transporte público, aunque las percepciones se empeñen en creer lo contrario.
Al utilizar el transporte público, el usuario se vuelve parte de la solución a estos problemas y si bien pocas ciudades mexicanas han logrado un sistema de transporte moderno y capaz de satisfacer todas las necesidades de sus ciudadanos, promover su desarrollo y profesionalización es un tema importante desde hace tiempo en los planes de gobierno, en las acciones de las ONG, en los objetivos de los transportistas y en otros sectores de la sociedad.
El pasajero no debería sufrir el transporte público. Deberá quejarse y exigir un buen servicio cuando sea necesario, pero sin perder de vista lo que aporta a su comunidad y a la sociedad en general. Disfrutar el paseo y observar las bondades que ofrece la ciudad es un privilegio del que el automovilista no puede disponer, por ejemplo. Esto es algo que los actores de la movilidad podrían considerar al trazar las acciones en cuanto a promoción y socialización del transporte público, mostrarle cómo él es parte de la solución y no del problema. Desincentivar el uso del automóvil e invitar a los ciudadanos a considerar otras formas de movilidad, como el uso de la bicicleta en distancias y situaciones que se presten favorables o caminar en la medida de lo posible, no es únicamente una necesidad para dotar de eficiencia a las ciudades; es también la responsabilidad de velar por la salud de los individuos, por la recuperación de espacios, por la conservación del medio ambiente, por la lucha de un futuro diferente al caos, la depredación y la escasez.




































