Nuestros hábitos diversos de movilidad, permutan y se arraigan en la medida de nuestras posibilidades económicas y a razón de la oferta de infraestructura existente.
Caminamos, andamos en bicicleta, usamos transporte público-privado porque hay posibilidades de hacerlo. Las veces que viajamos y el modo de transporte que elegimos, afecta nuestro comportamiento y la calidad de viaje de los otros; casi nunca elegimos pensando en los impactos negativos que sumamos a los demás, de ser así, utilizaríamos más sistemas de transporte amigables con el medio ambiente, decidimos con base a nuestra identidad social, la cual, a su vez, refleja la influencia que ejercen otras personas hacia nosotros en términos de cómo perciben a los sistemas de transporte público frente al privado y viceversa.
No cabe duda que las decisiones que tomamos se rigen por los empeños publicitarios continuos los cuales nos hacen creer que el coche es la mejor opción de movilidad en cualquier parte y bajo mejoras de precio y de atributos de personalidad que recompensan su uso.
Las estrategias de mercado a favor del coche, proponen a ese modo como el más ventajoso en términos de comodidad, velocidad y seguridad; lo cierto es que el automóvil no brinda seguridad a mayor velocidad, lo que brinda son ideales de empoderamiento de la calle y comodidad en el tránsito, pero la posibilidad de desarrollar mayores velocidades para llegar pronto al destino en las ciudades, es dudosa. En las manchas urbanas es complejo desarrollar velocidades mayores a 50 km/h y a medida que los flujos vehiculares incrementan su velocidad, se acentúan las percepciones de inseguridad de los que caminan, se quedan y andan en bicicleta junto a la vialidad. Hoy tenemos la fortuna de que las autoridades y la sociedad en general, estén implementando políticas de movilidad segura en beneficio de todas las personas, como es el tránsito calmado que mejora y beneficia la convivencia de todos en las calles.
Las estrategias para que compres y utilices un automóvil, inducen nuestro sentir y actuar irracionalmente, a decir verdad, todos tomamos decisiones irracionales alguna vez: contaminamos, tiramos basura donde no se debe, discutimos con el vecino de enfrente, llevamos hábitos constantes de consumo insano, no gastamos solo en lo que realmente necesitamos. No necesitamos un coche para trasladarnos, por ejemplo, cinco kilómetros, menos si en las ciudades se disfruta de alternativas de viaje sustentable (bicicleta) y masiva (transporte público). Las personas racionales perciben más las pérdidas individuales que las ganancias sociales; perdemos mucho más al dejar el auto en lugar de resaltar el beneficio social de no utilizarlo.
Entonces, ser racionales implica movernos cuando el trayecto nos beneficia individualmente más de lo que nos cuesta. Esa conducta discierne de los beneficios grupales como lo es hacer lo correcto y beneficiar a otros. En ese sentido, hacer lo correcto para los demás como dejar el automóvil y desocupar la vialidad en determinado viaje, merma la calidad y comodidad del propio viaje, se trata de hacer un sacrificio comprometido para el bien de otros. Por ello, la probabilidad de que un automovilista deje de utilizar su automóvil para beneficiar la movilidad individual motorizada de otros, es casi nula. Sin embargo, los costos sociales de no utilizar el automóvil, son verdaderamente valiosos; se predice, por tanto, que el automovilista racional que busca únicamente su beneficio no dejará de utilizar el automóvil para que otros gocen de su ausencia. La mayoría seguirá utilizando el transporte particular independientemente de la conducta individual elegida por algunos, por ello, nuestras conductas individuales racionales están provocando que las relaciones entre conductores y no conductores ocupen un lugar cada vez más importante en las discusiones sobre jerarquías de transporte y derechos a la movilidad.
Por otra parte, los usuarios del transporte público elegimos viajar encadenando nuestro viaje con caminata y otras formas de desplazamiento, pudiendo ser el tren, el metro, el teleférico, o los tres. Afortunadamente, el transporte público y la bicicleta están ganado terreno frente al transporte privado motorizado, ya que, viajar en transporte colectivo resulta benéfico para la sociedad, porque disminuimos los efectos medioambientales que mejoran nuestro bienestar social, mejor aún, los ciclistas al utilizar su bicicleta, están indirectamente, disminuyendo los congestionamientos viales y apoyando en mayor grado la responsabilidad pro-social, son sensibles al daño ambiental y encausan el bienestar de otros viajeros, y de ellos mismos.
Por ello, combinando nuestros viajes con movilidad motorizada y no motorizada, tanto los automovilistas como los usuarios de transporte público y los ciclistas, nos beneficiamos, pero no ocurre lo mismo en tanto la mayoría prefiera únicamente el coche. No es perjudicial que exista reparto espacial para todos, es perjudicial contender por las vialidades porque habrá más congestionamientos y desorden vial al mantener solo una alternativa de viaje: todo el espacio para el automóvil.



































