Los tianguis, o mercados sobre ruedas, son una parte integral de la cultura, la vida cotidiana y la economía popular de la Ciudad de México; ya que, desde tiempos prehispánicos, estos espacios han funcionado como puntos de intercambio comercial y social, y hoy en día siguen cumpliendo un papel fundamental al acercar productos básicos a millones de personas. En los tianguis se comercializan frutas, verduras, alimentos preparados, ropa, artículos de uso doméstico y una amplia variedad de bienes de consumo que, en muchos casos, resultan más accesibles que en supermercados o cadenas comerciales; por lo que son frecuentados diariamente por miles de ciudadanos y, aunque en la informalidad, constituyen una fuente de ingresos indispensable para un amplio sector de la población.
Los tianguis de la Ciudad de México son esenciales para el acceso a productos básicos y como fuente de ingresos para miles de personas, pero dependen de transporte obsoleto, informal y altamente contaminante, lo que genera impactos ambientales y sociales significativos.
No obstante, detrás de la aparente importancia económica y social de los tianguis existe una problemática poco visibilizada: la logística de transporte que sostiene estas actividades comerciales. El traslado de mercancías desde centrales de abasto, bodegas o puntos de distribución hasta los espacios de venta suele depender de vehículos antiguos, obsoletos y altamente contaminantes y; aunque estos modos de transporte pueden resultar más accesibles para los comerciantes en términos de inversión inicial, generan impactos ambientales y sociales significativos que afectan tanto a quienes trabajan en los tianguis como a la población en general.
En términos generales, es común observar el uso de vagonetas importadas de manera irregular, conocidas popularmente como vehículos “chocolate”, a las que se le suele retirar los asientos traseros, convertir en habitáculos de carga, y adaptadas de forma rudimentaria para el traslado de mercancías. Otros comerciantes utilizan camionetas de redilas, conocidas como “tres y media”, que también presentan un alto grado de desgaste. La mayoría de estos vehículos tiene varios años de antigüedad y, por lo tanto, emite altos niveles de contaminantes a la atmósfera. Sin embargo, los casos más preocupantes corresponden a los comerciantes que utilizan camiones unitarios tipo Torton o rabón, los cuales, por razones difíciles de justificar, continúan circulando a pesar de tener más de cuatro décadas de vida útil.
Un ejemplo claro de esta situación ocurre desde el viernes por la noche y durante los fines de semana en las inmediaciones de la calle James Sullivan, ubicada en la alcaldía Cuauhtémoc. En este espacio es común observar la llegada de camiones de carga en condiciones sumamente deterioradas. Además de conducir sin precaución, hacerlo en sentido contrario y estacionarse en doble fila, estos vehículos generan una cantidad de humo que resulta, prácticamente, insoportable. La emisión constante de gases contaminantes afecta directamente a peatones, vecinos, comerciantes y visitantes, deteriorando la calidad del aire y el entorno urbano inmediato.
Resulta especialmente alarmante que muchos de estos vehículos carezcan de placas de circulación y se encuentren en un estado que, evidentemente, no cumple con los lineamientos establecidos en la Inspección Físico-Mecánica de la Revista Vehicular de Transporte de Carga Público, Mercantil y Privado que establece la Secretaría de Movilidad de la Ciudad de México. A pesar de ello, estos continúan operando sin mayores consecuencias, ya que suelen pertenecer a grupos organizados que reciben cierto grado de tolerancia por parte de las autoridades, lo que les permite circular sin obstáculos y sin que la Secretaría de Seguridad Ciudadana o la Secretaría de Movilidad intervengan para aplicar la normatividad vigente.
Este tema resulta particularmente preocupante no solo por la omisión y falta de vigilancia por parte de las autoridades competentes, sino por las externalidades negativas o costos sociales que se derivan de esta situación. Los vehículos antiguos son ampliamente conocidos por su alta emisión de contaminantes, incluidos gases de efecto invernadero y partículas suspendidas que afectan directamente la salud pública; y la exposición prolongada a estos contaminantes está asociada con enfermedades respiratorias, cardiovasculares y otros padecimientos que incrementan los costos del sistema de salud y reducen la calidad de vida de la población.
Asimismo, el uso de estos vehículos en la distribución de mercancías tiene implicaciones sociales profundas; ya que la dependencia de unidades obsoletas refleja, en muchos casos, la falta de acceso a opciones de transporte más modernas, sostenibles y eficientes. Muchos comerciantes de los tianguis operan con recursos económicos limitados y enfrentan márgenes de ganancia reducidos, lo que les dificulta invertir en vehículos más nuevos y menos contaminantes; y, aunque los vehículos antiguos pueden parecer más económicos en el corto plazo, suelen resultar más costosos a largo plazo debido a su alto consumo de combustible, frecuentes fallas mecánicas y gastos de mantenimiento.
Esta dinámica genera un círculo vicioso de precariedad económica y deterioro ambiental, ya que los comerciantes se ven atrapados en un sistema que limita sus posibilidades de crecimiento y modernización, mientras que la ciudad asume los costos ambientales y sociales de esta situación. En un contexto urbano cada vez más consciente de la sostenibilidad y la necesidad de reducir emisiones contaminantes, resulta indispensable replantear las políticas de transporte de carga para los mercados al aire libre. Sin apoyo institucional, incentivos económicos y una aplicación efectiva de la normativa, la problemática persistirá, afectando tanto al medio ambiente como a la equidad social y al desarrollo urbano sostenible de la Ciudad de México.





































