Chatarrización nacional: una deuda pendiente con la movilidad digna - Pasajero7

Chatarrización nacional: una deuda pendiente con la movilidad digna

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El transporte público en México está en terapia intensiva. Mientras la electromovilidad se presenta como el futuro, seguimos operando con unidades del pasado: autobuses con más de 15 años de servicio, inseguros, contaminantes y desfasados respecto a las necesidades reales de millones de personas. Esta obsolescencia no solo afecta la calidad del servicio: pone en riesgo la salud pública, deteriora la seguridad vial y erosiona la confianza ciudadana en el transporte colectivo.

En este contexto, el llamado a implementar un Plan Nacional de Chatarrización no es una propuesta más: es una urgencia. Lo han dicho especialistas, lo han insistido autoridades como el secretario de Transporte de Jalisco, Diego Monraz, y lo exigen los transportistas que han apostado por profesionalizar el servicio. No se trata solo de cambiar unidades, se trata de reestructurar el sistema con visión, incentivos claros y corresponsabilidad.

La Agenda Nacional de Movilidad 2024-2030 contempla renovar 40 mil unidades. Suena bien, pero sigue en el papel. ¿Qué falta? Voluntad política y coordinación real entre el gobierno federal, estados, municipios, empresarios y fabricantes. La experiencia de Jalisco, que logró renovar toda su flota, y el caso colombiano con TransMilenio, prueban que sí es posible —pero solo cuando se acompaña de subsidios, financiamiento flexible y reglas claras.

La falta de acción ha detonado fenómenos aún más preocupantes, como el crecimiento desbordado de las motocicletas: más de seis millones circulan hoy en día, muchas en condiciones precarias y sin garantías mínimas de seguridad. Este auge no es un accidente, es la respuesta lógica al fracaso del sistema público.

Renovar el transporte no es una concesión: es garantizar un derecho. Porque solo con autobuses modernos, operadores capacitados y esquemas de gestión eficientes se podrá ofrecer un servicio digno. La chatarrización no es el destino final, sino el punto de partida hacia un modelo de movilidad que respete a las personas, al entorno y al futuro.

Hoy México debe decidir: seguir ignorando el rezago o apostar por un cambio estructural. Un país que se mueve bien es un país que progresa. Y ese camino empieza por sacar de circulación lo que ya no sirve.