El tiempo es parte del pago que hacemos al usar el transporte público - Pasajero7

El tiempo es parte del pago que hacemos al usar el transporte público

SIN MOTOR

Escrito por: Cristela Gutiérrez / redaccion@pasajero7.com.mx

En el transporte público, la tarifa que aparece en el boleto, la tarjeta o el sistema de pago no siempre representa el costo total de un viaje. Para la economía del transporte existe otra variable, menos visible pero decisiva: el tiempo. Un trayecto de 30 minutos y otro de una hora pueden tener la misma tarifa monetaria, pero no necesariamente representan el mismo costo para quien los realiza.

La razón es que el tiempo tiene un valor económico. Cada minuto destinado a desplazarse compite con otras actividades: trabajar, descansar, estudiar, cuidar a alguien o simplemente disponer de tiempo libre. Por ello, los economistas del transporte han desarrollado el concepto de valor del tiempo de viaje —Value of Travel Time, VTT— para estimar cuánto estaría dispuesta a pagar una persona por reducir determinado tiempo de desplazamiento.

La idea tiene raíces en la teoría de la asignación del tiempo de Gary Becker, quien planteó que las personas distribuyen un recurso limitado, que es su tiempo, entre trabajo, ocio y otras actividades. En el transporte, esta teoría evolucionó hacia una pregunta concreta: ¿cuánto valor tiene para una persona ahorrar tiempo durante un viaje?

Un minuto no siempre vale lo mismo. La evidencia internacional muestra que el valor del tiempo depende del ingreso, propósito del viaje, modo de transporte, hora, confiabilidad y características del desplazamiento. 

Pero existe una precisión importante: el valor del tiempo no es lo mismo que la tarifa. En términos económicos, el usuario enfrenta un costo generalizado del viaje, que combina el desembolso monetario con el costo asociado al tiempo y a otros atributos del servicio. El Banco Mundial define este enfoque como una suma de los costos monetarios y no monetarios que intervienen en las decisiones de movilidad.

Esto permite entender por qué un viaje aparentemente barato puede resultar costoso. Un autobús que cobra 10 pesos, pero obliga a esperar 20 minutos, realizar un transbordo y recorrer a pie una distancia considerable, puede representar para determinados usuarios un costo generalizado mayor que un servicio que cobra una tarifa más alta pero ofrece una conexión directa y rápida.

La investigación de Martín Wardman sobre transporte público, basada en un amplio conjunto de evidencia británica, encontró precisamente que no todos los tiempos se valoran de la misma manera. El tiempo dentro del vehículo, el tiempo de espera, el tiempo caminando y el tiempo asociado a la frecuencia del servicio tienen valoraciones diferentes.

La diferencia importa especialmente cuando se diseñan tarifas o se evalúan nuevas infraestructuras. Un sistema que reduce 15 minutos de un viaje no genera solamente una mejora operacional: también produce un beneficio económico para sus usuarios. De ahí que los ahorros de tiempo hayan ocupado históricamente un lugar central en la evaluación costo-beneficio de carreteras, trenes, metros y sistemas de transporte público. Un metaanálisis de Wardman, Chintakayala y de Jong, publicado en 2016, reunió 3,109 estimaciones monetarias del valor del tiempo de viaje procedentes de 389 estudios realizados en 26 países europeos, detectó diferencias significativas según el tipo de tiempo, el propósito del viaje, el modo, la distancia y el contexto económico.

Sin embargo, reducir el análisis a “más rápido es siempre mejor” también puede conducir a conclusiones equivocadas. El propio Banco Mundial ha advertido sobre los límites de utilizar el ahorro de tiempo como principal indicador para evaluar proyectos urbanos. En transporte público, la confiabilidad, la necesidad de hacer transbordos, la seguridad y las condiciones del viaje pueden pesar tanto o más que unos cuantos minutos de diferencia.

La confiabilidad: Para un usuario, no es equivalente saber que el autobús tarda 40 minutos a saber que puede tardar 35, 40 o 60. La incertidumbre obliga a reservar tiempo adicional y puede provocar pérdidas que no aparecen en la tarifa. Por ello, la literatura contemporánea distingue cada vez más entre el valor del tiempo de viaje y el valor de la confiabilidad del viaje.

El ingreso también modifica esta valoración. Una hora no representa necesariamente el mismo costo de oportunidad para todas las personas. Por eso, utilizar un único valor monetario del tiempo para toda una población puede ocultar diferencias importantes entre grupos socioeconómicos.

Esta discusión adquiere una dimensión de equidad cuando se traslada al transporte público. Un estudio del Banco Mundial sobre Quito, por ejemplo, encontró diferencias de género en la valoración del tiempo entre usuarios cautivos del transporte público: entre quienes no tenían automóvil, las mujeres asignaron valores más elevados al tiempo dentro del vehículo, a la espera y a los desplazamientos a pie. En el caso analizado, aunque la tarifa monetaria era idéntica, el costo generalizado del viaje resultaba mayor para ellas.

La evidencia más reciente también cuestiona la idea de que acelerar un sistema y aumentar su tarifa produzca automáticamente mayor bienestar. Un estudio publicado en 2025 sobre usuarios de transporte público en Sudáfrica encontró una elevada heterogeneidad en el valor del tiempo y concluyó que, para determinados usuarios del BRT, la confiabilidad, la reducción de transbordos y tarifas más bajas podían ser prioridades más importantes que simplemente aumentar la velocidad del servicio.

Por eso, hablar del “precio” de un viaje exige mirar más allá de la tarifa. Dos pasajeros pueden pagar exactamente la misma cantidad y, sin embargo, enfrentar costos muy diferentes si uno espera cinco minutos y otro 25; si uno realiza un transbordo y otro no; si uno viaja en un servicio predecible y otro desconoce cuándo llegará; o si uno puede utilizar productivamente el tiempo de viaje mientras el otro permanece en condiciones incómodas.

La economía del transporte ofrece así una idea sencilla, pero con profundas implicaciones para las políticas públicas: el tiempo es parte del costo de moverse, aunque no aparezca impreso en el boleto. Y cuando se diseñan rutas, frecuencias, transbordos, tarifas o nuevas infraestructuras, ignorarlo puede significar subestimar tanto el costo que soportan los usuarios como el beneficio real que produce mejorar un sistema de transporte.

El costo de un viaje no es solamente la tarifa. En términos de economía del transporte, el costo generalizado incorpora el precio monetario y el valor que el usuario asigna al tiempo, incluyendo desplazamiento, espera, caminata y transbordos. 

Referencias bibliográficas

Becker, G. S. (1965). A Theory of the Allocation of Time. The Economic Journal, 75(299), 493–517.

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Wardman, M. (2004). “Public Transport Values of Time”. Transport Policy, 11(4), 363–377.

Wardman, M., Chintakayala, V. P. K., & de Jong, G. (2016). “Values of Travel Time in Europe: Review and Meta-Analysis”. Transportation Research Part A: Policy and Practice, 94, 93–111.




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