La mayor parte de nuestras ciudades requieren urgentemente la recuperación de sus espacios públicos, que poco a poco se han ido perdiendo por los cada vez mayores volúmenes de tránsito que circulan en sus vialidades, por el requerimiento de espacios para el estacionamiento de automóviles, por la proliferación desmesurada del ambulantaje y en menor grado, por el desorden imperante en el servicio de transporte público en sus puntos terminales.
El peatón -todos somos peatones- se ve impedido en su traslado diario por miles de obstáculos, ya sean estos puestos ambulantes, vendiendo toda clase de artículos y comidas; casetas de teléfono que ya no son utilizadas; hoyos y registros abiertos; banquetas irregulares -poco propicias para lograr una accesibilidad universal-; pero sobre todo, aceras que muchas veces operan a capacidad.
Todo ello, ha generado un fuerte movimiento social en pro del transporte no motorizado, que ha desembocado, en el caso del Distrito Federal, en Ley de Movilidad, cuyo énfasis principal está en el peatón. Seguramente esta ley está marcando un cambio de rumbo en las políticas locales y nacionales en esta materia, la cual, a partir de la iniciativa del gobierno del Distrito Federal, puede ser un primer paso para una homologación necesaria de las leyes respectivas en los estados que conforman la megalópolis de la región centro del país y probablemente, como acto seguido, su respectiva interpretación en los demás estados.
La filosofía de esta ley, es recuperar el espacio para el peatón y hacer de éste el enfoque de la movilidad. La Zona Metropolitana de la Ciudad de México requiere de miles de pequeñas acciones para mejorar el libre tránsito del peatón, que permitan garantizar la accesibilidad y movilidad de todo ciudadano. Sin embargo, vemos nuestras aceras completamente irregulares y con problemas para hacer un uso adecuado de ellas. El olvido del peatón en las administraciones anteriores, ha hecho que hoy en día se tenga mucho que hacer a este respecto y que por ello, las inversiones necesarias hoy sean cuantiosas. Las delegaciones y el gobierno central, poco o nada han invertido en pro del peatón.
Por ello, llaman la atención los esfuerzos por construir un corredor peatonal en un segundo piso, con un costo estimado de mil millones de pesos.
Me pregunto, ¿Por qué concentrar esta inversión -aunque sea privada- en un solo corredor, en un segundo piso peatonal? ¿Es realmente necesaria una obra de esta magnitud, que concentra una fuerte inversión o puede haber otras soluciones más rentables socialmente? Si se quiere concentrar la inversión en una obra, ¿no existen otras soluciones, si no más baratas, menos invasivas al entorno urbano y a la fisonomía de la ciudad? ¿Se busca la solución de los problemas o se busca la generación de un negocio? Creo yo que en este sentido, hemos ido perdiendo la visión de lo que es gobernar y generar ciudad en beneficio del negocio privado, y no de la inversión pública necesaria y eficiente que una ciudad debe hacer.
Un segundo piso peatonal será al peatón, lo que el segundo piso vehicular ha sido para la Ciudad de México: Una solución poco práctica, que ha llevado a afear nuestra ciudad; un espacio poco propicio para la recreación y habitabilidad de la ciudad; una obra invasiva de la estructura urbana y promotor de nuevos ambulantes, amén de la generación de un buen negocio y no de una solución urbana. Las perspectivas arquitectónicas, a vista de pájaro y que se muestran del proyecto, son impactantes, pero ¿Cuál es su realidad una vez terminadas? ¿Cómo se verá el entorno urbano desde una perspectiva humana, a nivel del suelo? ¿Quién mantendrá la vialidad inferior y el corredor peatonal superior? Todos somos partícipes de que una vez inaugurada una obra, el mantenimiento y conservación pasa a un tercer término.
Si bien hay ciudades como Nueva York, que han utilizado sus líneas férreas elevadas de principios del siglo pasado para generar un mejor uso de esta infraestructura abandonada, haciendo de ella corredores peatonales, en ninguna ciudad que pretende ser líder en la movilidad urbana, se piensa en soluciones tan drásticas e invasivas del espacio vial y urbano como la que se presenta para nuestra ciudad capital. Cuando es posible, se buscan generar espacios abiertos, a nivel del suelo, para promover nuevamente la interacción y convivencia humana entre los habitantes de la ciudad. No los mandan a la azotea. Dan atención a todas esas soluciones de bajo costo y gran efectividad que requiere la ciudad para beneficiar y promover una movilidad sustentable. No se busca la gran obra faraónica que le permita al funcionario en turno pasar a la eternidad.






































