Una novela de movilidad

novela de movilidad

La movilidad es demasiado importante, tanto como para dejar su análisis en manos de unos cuantos especialistas en sociología, urbanismo, econometría y planeación. Es de todos, es de dispersión subjetiva, cuyos análisis econométricos y de planeación no siempre podrían subsanar. Como integrantes de una sociedad demandante de viajes cada vez más complejos, requerimos participación total-parcial de algunos y de todos, cada quién con su sentir, cada cual, con su vivir, cada uno con su experticia.

¿Por qué escribir una novela de movilidad? Porque se necesita reescribir la historia de los dominantes, de los que circulan a razón de la ley del más fuerte, del que causa más daño, del que puede viajar enajenado de los demás. La cuestión de equilibrio es respuesta clave, todos nos damos cuenta y sabemos que desplazarnos implica arriesgarse, implica posicionarse en el centro de la “diana”; ser el antagonista de los desplazamientos, el mártir del fin de la historia.

Reescribir ahora para disfrutar después, el después buscado, anhelado y frustrado en la mayoría de las vivencias insustentables de hoy-ayer, esperamos cambiar mañana y reajustarnos pasado, arraigarla para siempre, porque, es para todos.

Todos buscando una mejor historia, un excelente tiempo, un porvenir eficiente y suficiente, llevarlo a cabo, hacerlo tangible, palpable y mejorado. Encontrar nos falta, buscar siempre lo hemos hecho, ¿Por qué no encontramos? Porque nuestra búsqueda está sesgada a las prioridades económicas, mal planeadas, mal visionadas, mal diferenciadas y aplicadas.

Ahora iniciamos a escribir lo bueno, lo justo, lo esperado, lo necesitado. Encontramos al fin seguridad mejorada, estabilidad y justicia. Es el tiempo del disfrute, de la igualdad en el trato, en convivencia en general.

Con movilidad, queremos cambiar la historia, queremos cambiar este trance comprometido con lo que causa más daño, con lo que no conviene. De repente, todo es distinto, los protagonistas y antagonistas no se distinguen, todos iguales; pero falta algo, falta mucho de ruido, no todo puede ser paz, no todo puede ser falto de caos, ahora el problema es otro, estamos humanizados, pero sentimos algo que nos invita a regresar a lo que éramos antes. ¿Qué pasa con la humanidad? Se anheló tanto que cuando se sostiene, se pierde la capacidad de disfrute. Disfrutamos ser parte de la novela de movilidad, pero después de todo, solo es una fantasía, una invención ideal de los que debemos y queremos disfrutar.

Se escriben leyes y después sus reglamentos, antes -tránsito y transporte-, ahora todos -movilidad-, hacer y aplicar leyes, el reto principal de la autoridad; hacerlas es difícil, aplicarlas mucho más, en descontento de unos y en contento de otros, no somos parejos; claro que no, con las leyes no se busca ser parejos, se busca erradicar las agresiones terminales, se busca funcionar al menos. Una ley de seguridad vial, a ejemplo, no se sujeta a la paridad, se emula a la sobrevivencia en las calles, que sean menos los lastimados y todos los salvados. Salvar vida desde una ley, eso sí se puede aplicando y ejerciendo el derecho a la movilidad con seguridad.

Hacer leyes es el despertar de una novela de movilidad, de sus planes y programas irrealizables, hacer leyes que sirvan es asunto de los más versados en derecho y de los más eruditos con conocimiento pragmático. Sí, necesitamos eruditos en todo sentido, capaces de hacer leyes y materializar sus beneficios.

Beneficiarse de leyes y reglamentos no solo debe implicar -Te daño – Te pago- debe tergiversar el sentido de las palabras a beneficio de No te daño – Sí te cuido. Cuidarnos unos a otros al trasladarnos, puede tratarse de una más de las utopías tras papel, hasta hoy nos cuidamos uno de todos los otros; peatones de automovilistas, ciclistas de automotores, automotores de automotores. Cuidarnos todos a todos en movilidad, no podría ser, después de todo, no es la finalidad del viaje ir a cuidar a los demás, sino viajar con el mínimo de obstáculos y con la mayor velocidad posible debida a nuestra prisa individual, al menos eso hemos creído y hecho hasta hoy.